New York, 28 de jun. de 26
Todo el tiempo nos han dicho que no se debe mezclar el fútbol con la política, que son dos cosas aparte, pero ¿qué pasa cuando la política ingresa en el fútbol? ¿Ahí es necesario o no? En esta lectura recorreremos desde los años en los que el fútbol surge y cómo hemos cerrado la fase de grupos del torneo de Estados Unidos, México y Canadá 2026.
La fase de grupos en un campeonato de fútbol es lo más parecido a la paz mundial; la alegría que se vive en todo lado es increíble: ves a brasileros con kilt escoceses, a coreanos con gorros de mexicanos, a niños aprendiendo de geografía, la gente coleccionando los cromos de Panini y las familias reuniéndose a ver el fútbol. El torneo acá no deja de ser unidad, globalización, conexión entre culturas; es lo más bonito que tenemos.
Pero eso es lo que sucede por fuera. Ahora, en este torneo la política no se ha dejado de lado dentro de lo que queremos disfrutar sin darle importancia. MEX–CAN–USA se ha visto ensuciada desde la elección de la candidatura debido a las grandes problemáticas que manchan a México y Estados Unidos en cuestión de violencia, inseguridad, salud, sustancias ilícitas, entre otras.
Las distancias extremas en las que los hinchas se han tenido que ver obligados a desplazarse en tiempos récord. Posterior a eso, los precios para entrar a un partido, comparados con el torneo de Catar 2022, subieron abusivamente y generaron muchísima indignación. Más allá de todo, el fútbol se ha visto manchado por una guerra que el anfitrión mantiene con el país persa, donde todo el torneo los ha perjudicado, haciéndolos jugar en sus sedes e inmediatamente enviarlos a México donde hacían base.
También se ha visto manchado por las políticas migratorias, donde a semanas de que empiece el torneo muchas visas de jugadores e hinchas de Irán e Irak fueron revocadas. Los jugadores de Senegal y Uzbekistán expuestos a severos controles de seguridad; a Aymen Hussein lo detuvieron por más de siete horas retenido en el aeropuerto. Y no solo con ellos: muchos hinchas de distintos países no pudieron acompañar a sus selecciones por no tener arraigos, como marfileños, congoleses —como el icónico Michel Nkuka que simula a Lumumba Vea—, colombianos, brasileros o marroquíes. O el caso en el que el mejor árbitro de la Confederación Africana de Fútbol, Omar Artan, con visa aprobada, fue devuelto a su país por ser somalí.
Mientras que, en mi querido Ecuador, la política tampoco quedó en segundo plano mientras se jugaba el torneo. La crisis de seguridad sigue incrementando, los casos de corrupción envuelven a PROGEN, amigos y familiares del Presidente. El primer mandatario estuvo presente en el estadio de Philadelphia contra Costa de Marfil cuando su visita no contemplaba asistencia en el estadio, lo que generó rechazo a su popularidad. Tan reclamado fue que, tras el partido de New York versus Alemania, donde la selección nacional consiguió un histórico triunfo, el presidente tomó la medida populista de otorgar un feriado no recuperable por la clasificación.
Por demás, podemos recordar que hay casos históricos en los que la política estuvo con sus tentáculos dentro del deporte rey. Podemos empezar con el primer torneo en el que Uruguay invitó a varios países en 1930, incluido Ecuador, y la manera de cruzar el charco era en barco. Muchos países europeos rechazaron la invitación por los altos costos del traslado, incluso cuando Uruguay se ofreció a solventar los gastos. En 1934, durante la dictadura de Mussolini, que quiso lavar su cara durante el torneo, se vivió un rechazo de parte de Uruguay, ya que no fueron a su torneo por el boicot. Se dice que Benito les dio un ultimátum a su seleccionado antes de empezar el partido, en el que les dijo: “Ganan o shhh”, mientras pasaba su índice por la garganta.
Posterior a eso, el torneo de 1938 se jugó en altas tensiones políticas mientras se germinaba una guerra donde el fascismo seguía en ascenso. En 1942 y 1946, que debía realizarse el torneo, no se dio debido a la II Guerra Mundial. En 1950 hubo mucha ausencia de países afectados por el conflicto bélico; así mismo, el “Maracanazo” tuvo tintes políticos al condenar al arquero Barbosa en un país atravesado por el racismo. Inglaterra ’66 se vio marcada con la presencia de Corea del Norte, en la que el gobierno británico no reconocía al norcoreano y quiso vetar su participación. La consecuencia fue una amenaza de retiro de la candidatura por parte de la FIFA para admitirlos, y se suspendieron los himnos nacionales durante los partidos.
En 1970 se vivió una falsa estabilidad promovida por Gustavo Díaz Ordaz tras la masacre de Tlatelolco, lo que causó abucheos en el partido inaugural. En 1974 se jugó Alemania Federal versus Alemania Democrática, y la RDA intentó demostrar la superioridad de su sistema. En 1978 la dictadura de Videla en Argentina aprovechó para limpiar su imagen y ocultar crímenes de lesa humanidad. En 1982, Argentina defendía su título mientras la Guerra de las Malvinas estaba librándose, y también se dio el caso en el que el jeque kuwaití bajó a la cancha a pedir que anulen el gol de Francia.
En 1986, Colombia rechazó la candidatura: Betancur aludió que la prioridad eran hospitales y escuelas, no un torneo de fútbol (que a la final no hubo ni hospitales, ni escuelas, ni torneo). La sede pasó a México. Ese torneo tuvo la histórica victoria de Argentina ante Inglaterra, con el sentimiento nacionalista de Maradona tras la “Mano de Dios”. En 1990 lo político entró cuando México falsificó actas de nacimiento y fue descalificado. Maradona, por su influencia, obtuvo un pasaporte oficial durante el periodo de Carlos Menem.
En 1994 la sede se otorgó a un país sin tradición futbolística. Lo marcó el caso positivo de Maradona en el antidopaje tras el primer partido, lo que causó que le revocaran el visado. En Colombia, la tragedia fue el autogol de Andrés Escobar: la temprana eliminación y la búsqueda de un culpable terminaron con su asesinato. En 1998, Francia mostró cómo futbolistas con raíces argelinas y africanas invitaban a un país a unirse. También se dio el histórico partido entre Estados Unidos e Irán, con alta presencia militar, pero lo icónico fue cuando los iraníes entregaron rosas blancas a los estadounidenses.
En 2002 la polémica fue la elección de una sede sin cultura futbolística, buscando nuevos mercados. Lo manchó el arbitraje hacia Corea del Sur y la tensión mundial tras los atentados del 9-11. En 2006 y 2010 las sedes estuvieron manchadas por compra de votos, desalojos de ciudadanos, xenofobia y racismo hacia somalíes y etíopes. En 2014 ocurrió lo mismo: gasto excesivo, exenciones tributarias a la FIFA, corrupción y ocultamiento de las favelas. En 2018 Rusia aprovechó para legitimarse tras la anexión de Crimea, con presos políticos, y la icónica celebración de Xhaka y Shaqiri haciendo el símbolo del águila bicéfala hacia los serbios.
Finalmente, Catar 2022: restricciones culturales, leyes contra mujeres y diversidad, condiciones laborales explotadoras en la construcción de estadios, y el consumo de alcohol limitado. La FIFA obligó a vender cerveza sin alcohol en el Fan Fest. En 2023, Indonesia perdió la sede del Sub-20 al negarse a recibir a Israel en solidaridad con Palestina, y el torneo se trasladó a Argentina.
Se supone que el fútbol es del pueblo: del niño que compra la camiseta de $5, de quienes patean una botella como pelota, de quienes ponen mochilas como arcos. El fútbol nos pertenece a quienes lo vivimos con pasión, alentamos los 90 minutos, saltamos en el tablón, lo llenamos de folclor, humo, bengalas, murga, trapos e instrumentos. No le pertenece a quienes pagan $500 por entrada en la popular, ni a quienes se sientan en Hospitalitys de $2500, ni a quienes quieren pausas de hidratación.
Para mí, ondear mi bandera lejos de casa es motivo de orgullo, sentido de pertenencia y memoria colectiva. En un país donde a nuestros migrantes los han deportado, humillado en campos de detención y explotado laboralmente, ondeo con más fuerza mi tricolor. Exhibirla ante los ojos del mundo en un estadio, en Times Square o frente a la torre Trump en Chicago nos permite decir: estamos aquí, presentes y orgullosos de ser del sur global.





