La juventud está para cuestionar: preguntar, no creer a la primera y atrevernos a imaginar que las cosas pueden ser diferentes. Sin embargo, muchas veces dejamos de hacerlo por miedo a equivocarnos, a ser juzgados o simplemente porque creemos que todavía no nos corresponde decidir. Yo también pensé que, por ser joven, solo podía opinar y que todavía no era mi momento para involucrarme realmente.
Fue cuando decidí aventarme a nuevas experiencias que entendí que no necesitaba esperar a que apareciera el momento perfecto. Conocí personas, descubrí oportunidades y, sobre todo, empecé a conocer una parte de mí que todavía no había explorado. Aprendí que el liderazgo no consiste en tener todas las respuestas ni en destacar sobre los demás, sino en atreverse a participar, aprender, equivocarse y seguir avanzando.
Por eso, considero que el poco involucramiento de los jóvenes no siempre nace de la indiferencia. Muchas veces necesitamos espacios donde nuestra voz sea realmente escuchada y donde podamos participar y decidir, porque nuestra edad no debería determinar cuánto podemos aportar. Tal vez el primer paso para transformar nuestra realidad sea simplemente atrevernos a creer que también podemos hacerlo.
Muchas veces, el primer obstáculo para que un joven se involucre es el miedo. Miedo a no saber qué hacer, a equivocarse, a sentirse fuera de lugar o a descubrir que aquello que imaginábamos no era como esperábamos. Yo también tuve ese miedo. El primer paso me dio miedo porque pensaba que iba a estar sola y no sabía exactamente qué iba a encontrar al otro lado.
Pero entendí que no siempre puedes quedarte esperando a que llegue el momento indicado, pues tal vez ese nunca llegue y solo seas tú dando plazos donde ya podría haber una historia nueva. A veces tenemos tantas razones para esperar que terminamos convirtiendo la espera en una costumbre.
Cuando decidí aventarme, me di cuenta de que había un gran mundo por delante. Lo que al principio parecía una sola oportunidad terminó llevándome a conocer personas, ideas y realidades que probablemente nunca habría encontrado si me hubiera quedado donde estaba.
Poco a poco fui conociendo jóvenes con mis mismos intereses y con esas enormes ganas de cambiar el mundo. También conocí líderes de todo tipo: personas con diferentes historias, maneras de pensar y formas de enfrentarse a los problemas. Algunos me sorprendían por todo lo que habían conseguido y, durante un tiempo, fue inevitable preguntarme si algún día podría llegar a ser como ellos.
Sin embargo, con el tiempo entendí que no tenía sentido comparar caminos diferentes. No es una competencia cuando cada uno tiene un diferente punto de llegada. Para mí, fue más como tener compañeros de viaje en esta ruta de descubrimiento: algunas personas se bajaban antes que otras, algunas permanecían durante una etapa y otras se quedaban para hacer más fuerte ese barco. Cada encuentro tenía algo que enseñarme y cada persona aportaba una pieza diferente a ese camino.
Algunas me enseñaron a defender mis ideas; otras, a escuchar las de los demás. Algunas me hicieron cuestionarme cosas que nunca había pensado y otras simplemente me demostraron que no era la única persona que quería hacer algo diferente. Incluso quienes estuvieron durante poco tiempo terminaron dejando alguna enseñanza.
Fue entonces cuando dejé de pensar que tenía que llegar a ser como alguien más. Podía admirar a otras personas sin intentar copiar su camino. Podía aprender de ellas y, al mismo tiempo, construir el mío.
Y ahí entendí que involucrarse también es una forma de descubrir quiénes somos. Pero existe otra dificultad que considero igual de importante: que se nos permita participar no siempre significa que tengamos una participación real. Podemos asistir a eventos, expresar nuestras ideas y responder cuando nos preguntan qué pensamos, pero el verdadero reto aparece cuando llega el momento de decidir.
Los eventos están, poder opinar lo podemos hacer siempre. Pero es diferente cuando realmente nos dejan involucrarnos, asumir responsabilidades y equivocarnos. Porque si nunca tenemos la oportunidad de tomar decisiones, ¿cómo vamos a aprender a hacerlo? No necesitamos que nuestras ideas sean aceptadas siempre. Tampoco necesitamos que nos den la razón simplemente por ser jóvenes. Necesitamos algo mucho más valioso: la oportunidad de intentarlo.
Necesitamos espacios donde podamos proponer una idea y descubrir que quizá no funciona; donde podamos escuchar una opinión diferente y cambiar de perspectiva; donde podamos asumir una responsabilidad y aprender de ella. Donde equivocarnos no signifique que debemos abandonar, sino que podemos volver a intentarlo de una manera diferente. Escuchar a los jóvenes es importante, pero confiar en ellos también lo es. Los jóvenes, adolescentes y niños también somos parte de esta sociedad. No somos únicamente las personas que algún día tomarán decisiones; también vivimos las consecuencias de las decisiones que se toman hoy. Por eso, nuestra participación no debería limitarse a estar presentes o a responder cuando alguien nos pregunta qué pensamos.
Participar significa también tener la posibilidad de construir.
Y creo que eso fue una de las cosas que más transformó mi manera de entender el liderazgo. Al principio pensaba que liderar era conseguir que otras personas te siguieran. Después entendí que también podía significar caminar junto a ellas. No siempre estar adelante, sino saber cuándo escuchar, cuándo acompañar y cuándo dar un paso al frente. Hoy sé que todavía estoy aprendiendo. Hay cosas que no sé y situaciones en las que sigo teniendo dudas. Pero ya no veo esas dudas como una razón para detenerme. Son parte del camino.
Porque quizá liderar no significa llegar a un punto en el que finalmente sabemos hacerlo todo. Quizá significa aceptar que siempre habrá algo nuevo que aprender.
Entonces vuelvo a la pregunta inicial: ¿por qué los jóvenes no nos involucramos tanto en el activismo o en los espacios de participación?
Quizá la respuesta no sea simplemente que no nos interesa. Quizá muchos queremos hacerlo, pero no encontramos dónde comenzar. Quizá algunos todavía tengan miedo de equivocarse, de no ser escuchados o de descubrir que el camino es mucho más difícil de lo que imaginaban. Y quizá otros, como yo alguna vez, simplemente estén esperando ese momento en el que finalmente se sientan preparados.
Pero tal vez ese momento no existe.
Tal vez nunca llegamos a sentirnos completamente listos para dar un paso que puede cambiar nuestra manera de ver el mundo. Tal vez el miedo, las dudas y las inseguridades no son señales de que debemos detenernos, sino parte de lo que significa comenzar algo nuevo.
Yo también tuve miedo. Y todavía lo tengo algunas veces.
Sin embargo, ahora entiendo que aquel primer paso no tenía que llevarme inmediatamente a algún lugar. Bastaba con que me permitiera descubrir el camino. En él encontré personas, ideas, preguntas y también partes de mí que no conocía. Algunas quedaron atrás, otras continúan caminando conmigo y, seguramente, todavía habrá muchas más por conocer. Hoy sé que mi voz tiene poder, aunque todavía dude de ella. Sé que no necesito tener todas las respuestas para hacer preguntas, ni conocer todo el camino para dar el siguiente paso. Porque aunque no sé qué vendrá mañana, quiero que mi hoy sea mejor que ayer. Quizá eso sea lo que realmente significa ser joven: no tener el camino completamente trazado, pero tener la posibilidad de cuestionarlo, de imaginar otros caminos y, sobre todo, de decidir cuál queremos comenzar a construir.
Porque al final, quizá la pregunta no sea si estamos preparados para cambiar algo. Quizá la verdadera pregunta sea qué podría cambiar si simplemente nos atreviéramos a comenzar.






Felicitaciones, bendiciones y éxitos mi estimada Kelly, sigue adelante liderando equipos colaborativos, nos demuestras que cuando se quiere, se puede, un abrazo.