Estirando conceptos para lavar la cara a la dictadura venezolana

Autor: Juan Francisco Camino

Las últimas semanas, Latinoamérica ha presenciado uno de los eventos históricos en lo que a la calidad de su democracia se refiere. Las elecciones en Venezuela han mostrado, una vez más, que las instituciones democráticas en este lado del mundo funcionan de una manera muy particular: al paso que le marque el gobernante de turno.

Si bien podríamos afirmar que este es un problema propio de la cultura política en la región, salvo las honrosas excepciones de Chile, Costa Rica y Uruguay, evidencia que estamos lejos no solo de que los principios democráticos guíen el accionar de los tomadores de decisiones en el Estado, sino también, de comprender qué carajos significa la democracia y diferenciarlo claramente de su antítesis: la dictadura.

Y más allá de hacer referencia al grotesco fraude electoral en dicho país, o analizar las acciones del aprendiz de Stalin que lo gobierna, me gustaría hacer una reflexión sobre como se ha tratado de “suavizar” la imagen de la dictadura venezolana a partir de ciertos aires de intelectualidad, promovidos por actores políticos antes que por académicos. Algunos han llamado al tipo de régimen venezolano como un “autoritarismo competitivo”, concepto que hace referencia a un tipo de régimen híbrido (ni democracia plena, ni dictadura plena) y creado por Steven Levitsky y Lucan Way en su artículo “Elecciones sin democracia”.

Los autoritarismos competitivos hacen referencia a la existencia de instituciones democráticas que permiten el acceso y el ejercicio del poder. A su vez, estos regímenes alteran y violan sistemáticamente 4 principios fundamentales de toda democracia: 1) elecciones abiertas, justas, y libres del ejecutivo y legislativo, 2) el derecho a votar de todos los adultos, 3) el respeto y garantía de derechos y libertades políticas (incluyendo la de expresión) y 4) las autoridades electas no tienen la tutela de los militares o líderes religiosos.

A todas luces, y sin necesidad de tener vastos conocimientos e investigaciones sobre democracia, en Venezuela no se cumple ninguna de estas características. Ni siquiera el derecho de votar de todos los adultos, dada la coerción que existe sobre la oposición y sus simpatizantes desde hace al menos 9 años (en la elección parlamentaria que ganó la oposición). Incluso, partiendo del mismo estudio de Levitsky y Way, ellos ponen como diferencia entre un “autoritarismo competitivo” y el “autoritarismo absoluto” al papel que cumplen las elecciones. Cuando estas son una mera fachada, se persigue y se reprime a la oposición, estamos ante la última ratio del autoritarismo, que podrán llamarlo como quieran y usar los eufemismos que deseen, pero en términos sencillos y directos es una dictadura.

Josep Colomer, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, conceptualiza a las dictaduras, y entre las características que la definen está la coerción como herramienta de aceptación del régimen, la justificación ideológica de su aparecimiento y permanencia, un número de actores que la conforman (unipersonal o de coalición dominante), la existencia de partido único, partido de masas o partidos fachada, y los grados de institucionalización de la misma (que puede ir desde las personalistas hasta pseudos parlamentarios o presidencialismos).

Si contrastamos ambos aportes con la situación actual en Venezuela, podemos identificar que la coerción es la herramienta con la que el gobierno de ese país intenta imponer su dominio sobre los ciudadanos. Detenciones arbitrarias, la prohibición de redes sociales como fuentes alternativas de información y las amenazas de Diosdado Cabello son algunos elementos que nos permiten verificar cualitativamente el cumplimiento de esta primera categoría de las dictaduras. La justificación de su permanencia para continuar con la “revolución” viene a ser su leitmotiv. La coalición dominante, más un partido que controla todos los poderes del Estado se operacionaliza con el PSUV controlando el gobierno central, el parlamento, el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral, dando como resultado un “presidencialismo de fachada”, donde no hay pesos ni contrapesos y donde se intenta legitimar el robo a la voluntad del soberano con una burda propaganda y la movilización más de militares y milicianos antes que de ciudadanos.

Por donde se lo mire, Venezuela cumple con las categorías que definen una dictadura. Lo del autoritarismo competitivo lo cumplía con creces desde ya hace algún tiempo (al menos desde 2010, cuando se le otorgó a Chávez facultades especiales para gobernar por decreto). Tratar de bajarle el tono a la definición de este nefasto y repugnante gobierno es solo un intento de lavarle la cara, por parte de los pocos socios que le quedan y que saben que su apoyo, -o amistad cercana-, les puede salir caro electoralmente.

Al pan -pan-, y al vino -vino-, Venezuela es una dictadura, que esperemos esté en sus últimas horas.

Autor