La Nueva Política: Un ejemplo de las peores prácticas de la Vieja Política

Ricardo Romero

¿Aún recuerdas tu primera impresión sobre Daniel Noboa? El día después de aquel debate, la gente, cansada de la política tradicional, hablaba del joven pragmático con aires de renovación y cambio. Esa impresión se solidificó con su discurso de posesión, donde destacó frases como: “No soy un anti-nada, soy un pro-Ecuador” y “no podemos seguir haciendo lo que han hecho hasta ahora y esperar resultados diferentes”.

Pensándolo bien, más parecen frases del típico life coaching invitándote a ser tu propio jefe con un café en el Juan Valdez; de esos que te invitan a “trabajar duro” para “comer postre”. En todo caso, aunque parezca, Daniel Noboa no es life coaching, es el presidente de la república. Lo que –al menos– esperamos los ciudadanos, del líder del Estado, es coherencia entre lo que reza y lo que hace.

Mucho se reza: “El gobierno que resuelve”, “Lo nuevo frente a lo viejo”, pero ¿qué más arcaico que eso? Y mientras el Gobierno se empeña en imponer su narrativa, la inseguridad es perpetua, la economía está enferma, los servicios sociales empeoran y la gente llora. Quizás sobran los slogans y carecen las acciones.

La vieja política, esa de la que todos estamos cansados, la de políticos con aires de monarca, está más latente que nunca. Los síntomas de: persecución, populismo, intervencionismo judicial, manipulación, censura y represión se ven, se sienten. No en vano declaró el presidente ser “un mal enemigo”. Su exesposa, la vicepresidenta Abad, la ex ministra de energía, la embajada mexicana, Los Irreverentes, Alondra Santiago, etc., darían fe de aquello.

En cambio, quienes lo veneran, argumentan que “el presi tiene huevos”; nada más equívoco que eso. Un gobernante no se elige por sus genitales, sino por sus ideales. El Noboa conciliador y propositivo no hay, no existe. Desapareció en el momento de su posesión. Bien dicen, el poder puede cambiar a las personas, pero no siempre las mejora. En el caso de nuestro gobernante, mejoró su hoja de vida, pero empeoró su humanidad misma.

Si de medir un buen gobierno se trata, tengo una mejor propuesta. Dejemos las tarimas y los shows para los artistas, y exijamos acciones concretas: políticas públicas, seguridad integral, atención social de calidad, reformas económicas sostenibles, educación accesible, transparencia y rendición de cuentas, gestión eficiente de recursos, y un entorno propicio para el diálogo y la participación ciudadana.

Como ciudadanos tenemos corresponsabilidad en el desastre institucional que aún persiste. No por votar por tal y cual candidato –jamás renegaría de la democracia y la libertad ideológica–, sí por darle rating a los zapatos Prada del presidente y el vestido de diseñador de Lavinia Valbonesi. Allá afuera hay niños siendo baleados en las escuelas, buses interprovinciales convertidos en baños de sangre y madres rogando por la diálisis de sus hijas.

Más indignados los hijos del yugo deberíamos estar, pero estamos distraídos en el clivaje correista/anticorreista. Y claro que Daniel Noboa ha sabido usarlo a su favor para cubrir sus errores y falta de capacidad para gobernar. Nada nuevo, nada novedoso. El joven que prometió que sería el último día de despotismo resultó ser lo mismo. Las disputas, las revanchas, el populismo y las falacias: “un día más en la oficina” diría Noboa.

No se puede esperar más de quien por la fuerza de las circunstancias nació en el privilegio y por el azar salió a comprar pan y volvió con la banda presidencial. Pero sí se puede esperar más del pueblo, aquel sobre el que radica la soberanía y cuya voluntad es el fundamento de la autoridad. Cuando nos permitamos asombrarnos y más que ello, indignarnos por la realidad nacional, las cosas cambiarán.

Decía mi maestro de filosofía: Si no cambiamos la cultura, no cambiamos nada. Porque precisamente los malos políticos saben aprovecharlo, saben cómo capitalizar con la vulnerabilidad de su target. El momento histórico exige una reflexión profunda sobre nuestra responsabilidad colectiva y un despertar ciudadano. No podemos permitir que las distracciones mediáticas nublen nuestra visión de lo que realmente importa. El país depende de nuestra capacidad para exigir, vigilar y, sobre todo, cuestionar a nuestros líderes.

Quisiera escribir este artículo con aires diferentes, pero el proyecto autoritario, expoliador y codicioso de Daniel Noboa me lo impide. Quizás muchos jóvenes depositaron su voto por él a cambio de la promesa de una nueva forma de hacer política; pero a la mitad de su mandato es palpable como los rencores y vanidades personales se han sobrepuesto a las necesidades populares.

El tejido social está roto, y el presidente, que debería fortalecer el sentido de unidad y construir puentes entre los diferentes sectores de la sociedad es quien se ha encargado de destruirlos. Sumido en la constante confrontación, el codazo político y enfermiza obsesión con ser el Mesías lo alejan precisamente de ser “lo nuevo”.  Si el presidente pretende marcar la diferencia, debe demostrar que el cambio no es solo cuestión de slogans y estar a la moda, sino de políticas efectivas y resultados tangibles.

De momento, concluyo que no existe un nuevo Ecuador. Las prácticas de la “nueva política” del presidente Noboa son un ejemplo de las peores prácticas de la vieja política. Una canasta de mentiras, falta de transparencia, totalitarismo, impulsividad; hasta la cordura se ha perdido.

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