En México, la seguridad es un tema del que se habla con mayor intensidad cada 6 y 3 años: cuando se renueva la Presidencia de la República, el Poder Legislativo Federal, Local y las Gubernaturas de las entidades federativas.
En tiempos electorales, quienes aspiran a ocupar un puesto de representación popular van a nuestras casas, convocan a asambleas y nos hablan de cómo ellos tienen la solución precisa para combatir, entre otros males, la inseguridad.
Cuando estos aspirantes llegan a los cargos por los que compitieron, observamos en muchos casos un abandono a la ciudadanía: a sus electores.
Desafortunadamente, muchos de estos electores terminan perdiendo la vida a causa de los mismos problemas estructurales que en campaña sus representantes les prometieron solucionar.
En otros casos, aquellos que tienen un negocio y un patrimonio terminan siendo víctimas de extorsión por parte del crimen organizado.
Las familias son secuestradas.
Las juventudes son reclutadas forzadamente por los grupos criminales.
Quienes laboran en el periodismo son desaparecidos.
Quienes alzan la voz desde el activismo son encarcelados.
Y cuando la ciudadanía les demanda a sus autoridades soluciones, son llamados irrespetuosos.
La crisis de inseguridad en México no es un problema nuevo: este ciclo de violencia se repitió durante más de 70 años mientras gobernó el Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Después, en el año 2000, las y los mexicanos, cansados del partido hegemónico, depositaron su confianza en lo que parecía una nueva forma de gobernar: la derecha.
Cuando el Partido Acción Nacional (PAN) llegó al poder con el entonces presidente Vicente Fox Quesada, representaba para muchos un cambio. Lamentablemente, su administración no destaca por combatir firmemente al crimen organizado, sino por dejarlo operar a discreción.
Después, cuando el expresidente Felipe Calderón Hinojosa asumió la Presidencia de la República, el mensaje era claro: cero tolerancia y mano dura al crimen organizado. Desafortunadamente, su sexenio destaca por poner al frente de la seguridad pública a un narcotraficante, hoy condenado en Estados Unidos, y desatar una ola de violencia sin registro previo en todo el país.
Posteriormente, el PRI volvió al poder con el expresidente Enrique Peña Nieto, sólo para recordarle a las y los mexicanos que su sistema político y de gobernanza tradicional no traería resultados.
El pueblo, cansado de los “mismos de siempre”, decidió depositar su confianza en un perfil distinto, un perfil que no demostraba afinidad por lo económico, que hacía política desde cualquier espacio y en las condiciones que fueran: Andrés Manuel López Obrador.
Cuando AMLO llegó a la presidencia, lo hizo con un récord histórico, logrando más de 30 millones de votos y superando el 50% de la votación total emitida en las elecciones federales de 2018. Desafortunadamente, su administración es recordada por endeudar a niveles sin precedentes al país, por no tener la capacidad de hacerle frente a la crisis sanitaria que azotó al mundo (COVID-19) y por arropar a personajes que hoy en día son vinculados con el crimen organizado.
Hoy, a dos años del sexenio de la primera presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, no vemos un actuar diferente: persecución a los periodistas, desapariciones que son computadas como ausencias voluntarias y una nula convicción para desmantelar el crimen organizado.
México no necesita más políticos con propuestas sin trascendencia.
México necesita poner al frente a las infancias, a las juventudes, a los trabajadores, a los productores, a los maestros.
México necesita instituciones fuertes, inteligencia real, justicia efectiva y una nueva forma de gobernar que deje de tratar la seguridad como tema electoral y la asuma como la prioridad que realmente es.
¿Quieres que te prepare ahora una versión más académica y argumentativa del mismo texto —con notas al pie y tono crítico— o prefieres mantenerlo en este estilo simple y directo?Aquí tienes el texto original corregido, manteniendo todas las palabras intactas y aplicando únicamente correcciones de ortografía y gramática con estilo simple:
LA PAZ QUE MÉXICO AÚN NO TIENE
En México, la seguridad es un tema del que se habla con mayor intensidad cada 6 y 3 años: cuando se renueva la Presidencia de la República, el Poder Legislativo Federal, Local y las Gubernaturas de las entidades federativas.
En tiempos electorales, quienes aspiran a ocupar un puesto de representación popular van a nuestras casas, convocan a asambleas y nos hablan de cómo ellos tienen la solución precisa para combatir, entre otros males, la inseguridad.
Cuando estos aspirantes llegan a los cargos por los que compitieron, observamos en muchos casos un abandono a la ciudadanía: a sus electores.
Desafortunadamente, muchos de estos electores terminan perdiendo la vida a causa de los mismos problemas estructurales que en campaña sus representantes les prometieron solucionar.
En otros casos, aquellos que tienen un negocio y un patrimonio terminan siendo víctimas de extorsión por parte del crimen organizado.
Las familias son secuestradas.
Las juventudes son reclutadas forzadamente por los grupos criminales.
Quienes laboran en el periodismo son desaparecidos.
Quienes alzan la voz desde el activismo son encarcelados.
Y cuando la ciudadanía les demanda a sus autoridades soluciones, son llamados irrespetuosos.
La crisis de inseguridad en México no es un problema nuevo: este ciclo de violencia se repitió durante más de 70 años mientras gobernó el Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Después, en el año 2000, las y los mexicanos, cansados del partido hegemónico, depositaron su confianza en lo que parecía una nueva forma de gobernar: la derecha.
Cuando el Partido Acción Nacional (PAN) llegó al poder con el entonces presidente Vicente Fox Quesada, representaba para muchos un cambio. Lamentablemente, su administración no destaca por combatir firmemente al crimen organizado, sino por dejarlo operar a discreción.
Después, cuando el expresidente Felipe Calderón Hinojosa asumió la Presidencia de la República, el mensaje era claro: cero tolerancia y mano dura al crimen organizado. Desafortunadamente, su sexenio destaca por poner al frente de la seguridad pública a un narcotraficante, hoy condenado en Estados Unidos, y desatar una ola de violencia sin registro previo en todo el país.
Posteriormente, el PRI volvió al poder con el expresidente Enrique Peña Nieto, sólo para recordarle a las y los mexicanos que su sistema político y de gobernanza tradicional no traería resultados.
El pueblo, cansado de los “mismos de siempre”, decidió depositar su confianza en un perfil distinto, un perfil que no demostraba afinidad por lo económico, que hacía política desde cualquier espacio y en las condiciones que fueran: Andrés Manuel López Obrador.
Cuando AMLO llegó a la presidencia, lo hizo con un récord histórico, logrando más de 30 millones de votos y superando el 50% de la votación total emitida en las elecciones federales de 2018. Desafortunadamente, su administración es recordada por endeudar a niveles sin precedentes al país, por no tener la capacidad de hacerle frente a la crisis sanitaria que azotó al mundo (COVID-19) y por arropar a personajes que hoy en día son vinculados con el crimen organizado.
Hoy, a dos años del sexenio de la primera presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, no vemos un actuar diferente: persecución a los periodistas, desapariciones que son computadas como ausencias voluntarias y una nula convicción para desmantelar el crimen organizado.
México no necesita más políticos con propuestas sin trascendencia.
México necesita poner al frente a las infancias, a las juventudes, a los trabajadores, a los productores, a los maestros.
México necesita instituciones fuertes, inteligencia real, justicia efectiva y una nueva forma de gobernar que deje de tratar la seguridad como tema electoral y la asuma como la prioridad que realmente es.





