El sismo mostró lo que el poder quería ocultar

El terremoto en Venezuela ha actuado como un implacable espejo que desnuda las costuras más profundas de su realidad, transformando un fenómeno geológico en un hecho puramente político. En un país que ya arrastraba años de precariedad institucional, tensiones internacionales y una compleja transición de poder, el sismo no operó como un paréntesis de tregua o de unidad nacional, sino como un catalizador que obligó a cada actor a mostrar su verdadera naturaleza. Cuando la tierra se abre y las estructuras colapsan, la retórica se desmorona y lo que queda es la actitud desnuda de quienes ostentan o aspiran al poder, revelando si su prioridad es la supervivencia del ciudadano o la preservación de sus propios privilegios.

Por el lado del oficialismo, la respuesta ante la catástrofe ha seguido una línea predecible pero profundamente alarmante: la priorización de la narrativa y el control por encima de la autocrítica institucional. Atribuir el caos inicial, la lentitud en los rescates o los fallos en los servicios básicos a conspiraciones mediáticas o ataques externos denota una incapacidad crónica para asumir las consecuencias de un Estado desmantelado técnicamente. Cuando un gobierno reacciona a una emergencia humanitaria blindando su legitimidad en lugar de coordinar ayuda eficiente, la política se divorcia por completo de la ética. La cultura de la improvisación se disfraza entonces de heroísmo soberano, obligando a los ciudadanos a remover escombros con las manos mientras el discurso oficial se enfoca en mantener el orden y la obediencia, demostrando que, para el poder, la estabilidad del régimen es siempre más urgente que la vida de los gobernados.

Para las fuerzas de oposición y el panorama internacional, el desastre ha coincidido con un momento de crudo pragmatismo geopolítico que invita a una severa reflexión. Las decisiones tomadas en centros de poder extranjeros, particularmente en Washington, añaden una capa de cinismo a la tragedia. El bloqueo o la postergación de soluciones políticas de fondo bajo la premisa de buscar una supuesta “estabilización” con los actores actuales demuestra que, en el tablero internacional, los intereses de seguridad y control energético suelen pesar más que los derechos humanos de una población en crisis. La actitud de los liderazgos opositores se debate así en un laberinto asimétrico: atrapados entre la denuncia legítima del colapso estructural y la dolorosa constatación de que las agendas globales los han dejado, en gran medida, al margen de las decisiones operativas. Esto nos obliga a entender que la solidaridad internacional en política suele ser condicional y que la tragedia humanitaria de un pueblo, con frecuencia, se instrumentaliza en función de cálculos electorales ajenos.

En la base de toda esta dinámica se encuentra la actitud del ciudadano común, atrapado en la paradoja de sostener un país que amenaza con venirse abajo en todos los sentidos. Ante un sistema de salud precarizado y telecomunicaciones colapsadas, la sociedad civil ha tenido que activar, una vez más, sus mecanismos de resistencia pacífica y solidaridad orgánica. Sin embargo, no se debe cometer el error de romantizar esta resiliencia. Que los vecinos se organicen para salvar vidas ante la escasez de bomberos, ambulancias o combustible no es un triunfo poético de la venezolanidad; es la consecuencia trágica de un Estado ausente que traslada sus obligaciones elementales a una población empobrecida y exhausta. La resiliencia obligada es, en realidad, una forma de abandono institucional.

Finalmente, la gran reflexión que deja esta crisis es que los desastres naturales nunca son políticamente neutrales, sino que exacerban las injusticias y las fallas previas de una sociedad. Continuar con el debate político centrado en la culpa mutua, el ventajismo o la exclusión del adversario solo garantiza que las futuras réplicas, tanto geológicas como sociales, sean aún más devastadoras. La verdadera reconstrucción de Venezuela no pasará únicamente por levantar edificios o recibir ayuda humanitaria; requerirá un cambio radical de actitud, donde la dignidad humana y el valor de la vida se coloquen por encima de cualquier cálculo de control territorial o supervivencia partidista. Mientras la política se siga entendiendo como un juego de suma cero y las instituciones sigan inhabilitadas para servir a la gente, el suelo que pisan los venezolanos seguirá siendo trágicamente inestable.

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