En este nuevo siglo XXI, las tecnologías han experimentado una evolución acelerada, transformando progresivamente las estructuras económicas, sociales y políticas del sistema internacional. Para comprender la magnitud de esta transformación, es necesario remontarse a las distintas revoluciones industriales que marcaron cambios profundos en la organización del poder y en las capacidades de los Estados.
Primeramente, tenemos la primera revolución industrial que fue desarrollada en Inglaterra entre 1760 y 1840, que constituyó uno de los primeros grandes procesos de transformación tecnológica de la era moderna. La mecanización de la producción, la innovación en la industria textil y el uso de la máquina de vapor modificaron las capacidades productivas y económicas de los Estados. Posteriormente, la Segunda Revolución Industrial incorporó avances como la electrificación, los motores de combustión interna, la producción industrial a gran escala y las tecnologías de telecomunicaciones, ampliando aún más las capacidades económicas y estratégicas de las principales potencias.
A mediados del siglo XX comenzó a desarrollarse la Tercera Revolución Industrial, caracterizada por la aparición y expansión de la electrónica, la informática, las telecomunicaciones y las tecnologías digitales. Este proceso permitió una creciente automatización de la producción y sentó las bases para la transformación de las sociedades hacia economías cada vez más dependientes de la información y los datos.
Sin embargo, es con la denominada Cuarta Revolución Industrial cuando se produce un cambio particularmente significativo. Tecnologías como la Inteligencia Artificial, el aprendizaje automático, la computación en la nube, la robótica, el Internet de las cosas y los sistemas autónomos están modificando no solamente la manera en que las sociedades producen, se comunican y toman decisiones, sino también la forma en que los Estados ejercen y proyectan su poder.
Actualmente, la inteligencia artificial ha adquirido una importancia estratégica que trasciende el ámbito tecnológico. Su desarrollo se encuentra cada vez más relacionado con la economía, la seguridad, la defensa, la gobernanza y la competencia entre las grandes potencias. La capacidad de desarrollar modelos avanzados de IA, acceder a grandes volúmenes de datos, disponer de infraestructura computacional y producir semiconductores se ha convertido progresivamente en un componente de poder dentro del sistema internacional.
Esta transformación plantea una cuestión fundamental para las Relaciones Internacionales: ¿hasta qué punto la Inteligencia Artificial está modificando las fuentes tradicionales del poder internacional?
Pero, ¿cómo se define el poder? ¿Qué es el poder? Desde diferentes perspectivas, este concepto puede ser entendido de distintas maneras. Berenskoetter señala que las formas de entender el poder “determinan cuáles actores y relaciones consideramos relevantes y dónde localizamos espacios políticos —en breve, cómo conceptualizamos la política mundial—; es pertinente , por tanto , estar atentos a las diferentes maneras en las cuales el poder puede ser definido” (Creus, 2013).
Esta perspectiva permite comprender que el poder no constituye una categoría estática. Sus fuentes, mecanismos y formas de ejercicio pueden transformarse de acuerdo con las condiciones históricas y tecnologías de cada época. Si durante determinados períodos la capacidad militar, el territorio y los recursos materiales constituían algunos de los principales instrumentos mediante los cuales los Estados proyectaban su poder, los cambios tecnológicos han permitido incorporar progresivamente nuevas dimensiones a esta competencia.
Un ejemplo emblemático de la relación entre capacidad tecnológica, poder y negociación internacional puede encontrarse durante la Guerra Fría. La “crisis de los misiles” que tuvo lugar en octubre de 1962 representó uno de los momentos de mayor tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El despliegue de rampas de lanzamiento y misilessoviéticos en Cuba tenía un alcance de 3 mil kilómetros con gran poder de destrucción, el cual alcanzaría gran parte del territorio estadounidense, y generó una situación de extrema tensión y evidenció el papel central de las capacidades nucleares como instrumento de poder.
“Esta coyuntura permitiría a la Unión Soviética colocar a los Estados Unidos en posición de jaque para forzarlo a dar una solución a la situación de Berlín que constituía un epicentro de tensión tras la construcción del muro, y a presionar una negociación referente a la instalación de misiles estadounidenses en Turquía.”
La crisis demostró que la posesión de determinadas capacidades tecnológicas y militares podía modificar la posición de un Estado dentro de una negociación internacional. El poder no residía únicamente en la utilización efectiva de las armas, sino también en la posibilidad de utilizarlas y, sobre todo, en la capacidad de generar un efecto disuasorio sobre el adversario.
La lógica de la disuasión nuclear se convirtió así en uno de los elementos centrales de la competencia estratégica durante la Guerra Fría. La posibilidad de una destrucción mutua incentivó a las principales potencias a buscar mecanismos de negociación y control que permitieran evitar una confrontación directa.
No obstante, el siglo XXI presenta un escenario diferente. Aunque las capacidades militares tradicionales continúan siendo fundamentales para el poder estatal, han aparecido nuevos ámbitos de competencia vinculados con la tecnología, los datos, la infraestructura digital, los semiconductores y la capacidad computacional. En este nuevo escenario, la Inteligencia Artificial comienza a adquirir un carácter estratégico comparable, en términos de competencia tecnológica, con otras capacidades que históricamente han otorgado ventajas a las grandes potencias.
Esta transformación ya era advertida por algunos líderes mundiales. El 1 de septiembre de 2017, durante una intervención ante estudiantes en Moscú, el presidente ruso Vladimir Putin afirmó “La inteligencia artificial es el futuro, no solo de Rusia, sino de toda la humanidad. Genera a la vez perspectivas colosales y amenazas cuya magnitud aún es difícil de evaluar. Quien ocupe una posición dominante en este ámbito se convertirá, de inmediato, en el señor de este mundo” (Lancereau, 2026). Más allá de la interpretación política de esta declaración, resulta significativa porque refleja la manera en que la IA comenzó a ser concebida por los Estados no solamente como una herramienta de innovación, sino como un elemento vinculado con el poder y la competencia internacional.
Actualmente, potencias como China y Estados Unidos han avanzado en el desarrollo de sistemas militares que incorporan Inteligencia Artificial y diferentes grados de autonomía. Esta incorporación permite observar cómo la IA está comenzando a trasladarse del ámbito tecnológico y económico hacia el ámbito de la seguridad y la defensa.
Por un lado, China ha desarrollado sistemas de “enjambre de drones” capaces de operar de manera coordinada y autónoma. Entre estos desarrollos se encuentra un sistema presentado por la empresa China Electronics Technology Group Corporation(CETC), que puede desplegar hasta 200 drones y requiere la intervención de un solo operador. Estos sistemas están diseñados para utilizar diferentes rutas de manera autónoma, planificar trayectorias, evitar colisiones y distribuir tareas entre las unidades, permitiendo desarrollar diferentes etapas de una operación militar.
Según los reportes del laboratorio se realizaron “Pruebas en situaciones de combate a gran escala han demostrado que los enjambres pueden reconfigurar sus redes de forma autónoma, cerrar huecos en la formación y seguir con la misión incluso en condiciones extremas, como pérdida de unidades en combate, interrupciones en las comunicaciones o interferencia electromagnética intensa.” (Kardoudi, 2026).
A pesar del nivel de sofisticación alcanzado, estos sistemas todavía se encuentran en proceso de desarrollo y perfeccionamiento. Sin embargo, su existencia permite observar una transformación relevante: la IA no solamente está aumentando la velocidad con la que pueden ejecutarse determinadas operaciones militares, sino que también está introduciendo nuevas formas de autonomía en el campo de batalla.
El desarrollo de estos sistemas permite observar que la Inteligencia Artificial no constituye únicamente una herramienta para modernizar las capacidades militares existentes, sino que puede transformar la manera en que se concibe y ejerce el poder estratégico. Mientras que durante la Guerra Fría la capacidad de destrucción y disuasión nuclear constituía uno de los principales elementos de la competencia entre las grandes potencias, en el siglo XXI la capacidad de desarrollar, controlar y utilizar tecnologías avanzadas comienza a adquirir una importancia creciente. En este sentido, la competencia por la Inteligencia Artificial no se limita al desarrollo de sistemas autónomos, sino que comprende también el acceso a datos, semiconductores, infraestructura computacional, talento especializado y capacidad de innovación. Estos elementos están configurando un nuevo espacio de competencia geopolítica en el que Estados Unidos y China ocupan una posición central.
En cambio, Estados Unidos también ha desarrollado diferentes sistemas de defensa que incorporan tecnologías autónomas e Inteligencia Artificial. Un ejemplo de ello es el sistema DroneHunter, desarrollado por la empresa FortemTechnologies, cuyos drones son “capaces de desplegar una red para capturar y detener dispositivos similares de ataque. Así, pueden proteger bases militares y eventos deportivos, como los partidos del último Mundial” (Clarín, 2026). simismo, este tipo de sistemas ha comenzado a adquirir relevancia en contextos de seguridad pública y protección de grandes eventos, evidenciando que las aplicaciones de la IA y los sistemas autónomos no se limitan exclusivamente al campo de batalla.
Los casos de China y Estados Unidos permiten observar que la Inteligencia Artificial está adquiriendo un papel cada vez más relevante dentro de las capacidades estratégicas de las grandes potencias. La competencia ya no se limita únicamente a la posesión de armamento convencional o nuclear, sino que incorpora nuevas capacidades relacionadas con la autonomía, el procesamiento de información, la velocidad de respuesta y el desarrollo tecnológico. En consecuencia, la IA comienza a consolidarse como un componente adicional del poder estatal y como un nuevo espacio de competencia dentro del sistema internacional.
A lo largo de la historia, los avances tecnológicos han transformado las capacidades de los Estados y, con ello, las formas mediante las cuales se ejerce el poder dentro del sistema internacional. Desde la mecanización de la producción durante la Primera Revolución Industrial hasta el desarrollo de las tecnologías digitales, cada transformación tecnológica ha generado nuevas capacidades económicas, políticas y estratégicas. En este proceso, la Inteligencia Artificial representa una de las tecnologías con mayor potencial para modificar nuevamente las relaciones de poder.
La comparación entre Estados Unidos y China demuestra que la Inteligencia Artificial ya no puede ser comprendida únicamente como una herramienta de innovación tecnológica. Su aplicación en ámbitos como la defensa, los sistemas autónomos y la seguridad evidencia que se está convirtiendo en un componente estratégico de las capacidades estatales. Sin embargo, su importancia no reside exclusivamente en las aplicaciones militares, sino también en los recursos necesarios para desarrollarla: datos, infraestructura computacional, semiconductores, conocimiento científico y talento especializado. El control y acceso a estos recursos puede generar nuevas ventajas y dependencias dentro del sistema internacional.
Por tanto, la nueva geopolítica del poder no supone la desaparición de las formas tradicionales de poder, sino su transformación y complementación mediante nuevas capacidades tecnológicas. La Inteligencia Artificial se incorpora así a un escenario internacional donde los Estados no solo compiten por territorio, recursos o capacidad militar, sino también por el conocimiento y la tecnología capaces de determinar las capacidades del futuro. En este contexto, la pregunta sobre quién dominará la Inteligencia Artificial no se refiere únicamente a quién desarrollará la tecnología más avanzada, sino a quién tendrá la capacidad de utilizarla para influir en las relaciones de poder del sistema internacional.





