La tregua en Gaza no se rompió: nació rota.

El bloqueo en Gaza no es fruto de un berrinche diplomático, sino de un acuerdo levantado sobre ficciones y silencios estratégicos. La administración de Donald Trump y la Junta de Paz diseñaron una arquitectura pensada más para la foto política que para resolver los dilemas de fondo, dejando en suspenso las definiciones más explosivas. El primer nudo está en la palabra desarme. Para Israel y la Junta de Paz de Nikolay Mladenov significa entrega total e inmediata de todo arsenal, desde cohetes hasta pistolas, incluyendo la demolición de túneles. Para Hamás, en cambio, la diferencia es clara: entregar el armamento pesado y los cohetes, pero conservar las armas ligeras para funciones de seguridad civil durante la transición. Esa brecha convierte cualquier paso inicial en un riesgo existencial para ambos.

El segundo nudo es territorial. Hoy las Fuerzas de Defensa de Israel controlan cerca del setenta por ciento de Gaza. La postura oficial exige que Hamás se desarme por completo antes de que un solo soldado retroceda más allá de la línea amarilla, la franja de seguridad fronteriza. Hamás reclama simetría: no habrá desmilitarización sin retirada progresiva de las tropas israelíes de las zonas urbanas. En la práctica, pedir el desarme total mientras el ejército ocupa la mayor parte del territorio equivale a exigir la capitulación de Hamás; aceptar una retirada previa sin verificar túneles y arsenales supone para Israel un costo político interno y una vulnerabilidad táctica que su cúpula militar no tolera. De ahí las advertencias de que seguirán las incursiones preventivas.

El tercer nudo es institucional. La fuerza internacional de verificación necesita un entorno pacificado para desplegarse, pero la desconfianza impide que ese entorno exista. Se produce un círculo vicioso: la fuerza internacional no entra mientras haya operaciones armadas; Hamás no entrega armas sin garantías de que Israel se retirará del treinta por ciento restante; Israel no se retira sin certeza de que la amenaza miliciana ha sido desmantelada. A esto se suma la fragmentación del mando de Hamás, que dificulta asegurar que todas las facciones acaten el pacto, dando a Israel el pretexto para señalar cualquier incidente como incumplimiento. En definitiva, el acuerdo se firmó sobre una ficción: cada actor leyó lo que quería leer. Sin un mecanismo riguroso y sincrónico, donde cada tramo de desarme sea respondido de inmediato con un repliegue proporcional, la tregua seguirá atrapada en un pulso de suma cero.

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