Ser seleccionado para representar a tu país en una olimpiada de astronomía y astrofísica a nivel Latinoamericano ha sido, sin lugar a duda, el mejor logro que he alcanzado hasta el día de hoy. El camino para llegar allí no fue fácil: fueron meses de preparación, sacrificio y, sobre todo, mucha disciplina para no rendirse incluso en los momentos más difíciles, con el fin de cumplir aquel gran sueño.
Uno de los principales retos que enfrenté fue no tener casi nada de conocimientos previos sobre astronomía, debido a que era la primera vez que participaba en una olimpiada de esta área. Durante toda mi vida académica siempre tuve cierta facilidad con los números, lo que me impulsó a continuar aprendiendo por mi cuenta nuevos temas de matemática y física. A pesar de no contar con el suficiente conocimiento sobre dicha disciplina, siempre tuve algo claro: daría todo de mí para cumplir este sueño, representar a mi país y, sobre todo, hacer sentir orgullosos a mis padres. Así que empecé a investigar, estudiar y prepararme por mi cuenta utilizando materiales de apoyo como libros, videos y clases con profesores preparados, todo esto con la finalidad de intentar lograr el objetivo propuesto.
Otra dificultad que se me presentó durante el proceso de la olimpiada fue desconfiar de mis capacidades y no creerme lo suficientemente capaz para lograr esa meta. Durante gran parte del trayecto me sentí inferior al resto de participantes, a causa de que, al ser de una provincia con un nivel de educación bajo en comparación con otras del país, me sentí en desventaja. Pero eso no fue una razón para rendirme; al contrario, fue una motivación para esforzarme y estudiar más, con el propósito de representar a mi provincia.
Después de un año de trayectoria en la olimpiada, que estuvo llena de nuevos conocimientos, sacrificio y, sobre todo, mucho estudio, llegó la prueba final de selección que elige a los cinco representantes que viajarían a Brasil. Es un momento único el estar allí dando aquel examen, la sensación de saber que tanto esfuerzo valió la pena para ahora estar a tan solo un paso de lograr algo irrepetible.
Después de un mes aproximadamente nos llegaron los resultados y, aunque algunos decían que tenía todo en contra para perder, contra todo pronóstico fui uno de los cinco ganadores para ir a la Olimpiada Latinoamericana en Brasil. No puedo explicar con palabras la enorme felicidad que sentí en aquel instante: pensaba que era un sueño, que no era verdad que gané. Pero después de asimilarlo me di cuenta de que sí, que por primera vez un cotopaxense estaba dentro de los cinco mejores del país.
El resto del camino no hubiera sido posible sin mis padres. Debido a que no tuvimos apoyo económico para el viaje de nadie, los padres de cada ganador tuvieron que costearse el viaje. Así fue: cada uno de mis compañeros de delegación puso un enorme esfuerzo adicional para prepararse durante vacaciones, todo esto con la finalidad de demostrar que Ecuador puede hacerle frente a cualquier país.
Cuando llegó el gran día del viaje, estaba en una mezcla de emociones: por una parte, súper feliz y emocionado por viajar por primera vez en avión y conocer un país como Brasil, y por otro lado con un poco de miedo e incertidumbre por no saber lo que me esperaba allá. Desde ese momento empezó una de las mejores experiencias de mi vida: conocer gente nueva de diferentes países, compartir con ellos, compartir gustos en común como lo es la ciencia. Son memorias que siempre se van a quedar en mi corazón.
Las pruebas fueron un gran desafío para saber y conocer lo capaces que somos, pero, a pesar de ser tan difíciles, no me iba a rendir tan fácil. Apliqué todo el conocimiento que tenía para intentar resolver lo que más se pudiera y, para serles honesto, no tenía la fe de ganar algo por el problema que les comenté antes: la falta de confianza en mí. El día de la premiación fue el mejor día de mi vida, porque ni todo el dinero del mundo puede comprar la felicidad que se siente al ver tu nombre entre los ganadores de una medalla de bronce. Desde aquel momento me di cuenta de la gran capacidad que tengo y lo mucho que puedo lograr en la ciencia. Todo esto no hubiera pasado si, cuando me inscribí, no hubiera dicho lo siguiente: “solo quiero ver hasta dónde llego”. Hoy puedo contarles que todo lo que les pude narrar de mi experiencia me ha cambiado la vida: me sirvió para entrar a la universidad que tanto deseaba, estar becado en la misma y haber recibido el premio Dr. Vicente León Arguelles por ser considerado el mejor estudiante de la provincia de Cotopaxi. Hay veces que la vida nos da oportunidades que nunca debemos dejar pasar, porque dentro de ellas puede estar la posibilidad de cambiar nuestras vidas.
Para finalizar quiero decirles a todos los jóvenes que nunca piensen que no pueden lograr algo, porque créanme que con mucho esfuerzo hasta lo imposible se vuelve posible. No tengan miedo de enfrentarse a cosas nuevas, no se rindan por más difícil que parezca y demostremos que Ecuador puede ganarle a cualquier país que se le ponga en frente.





