Tolerancia represiva: un mecanismo de control político en América Latina

En América Latina protestar se ha convertido en un ritual. La gente sale a las calles, los medios de comunicación cubren los hechos y, cuando la situación escala, el gobierno convoca un diálogo pacífico. Después, todo vuelve a ser igual. ¿Por qué? ¿Es que acaso las personas no tienen la misma convicción que hace algunos años que cause cambios en el sistema? ¿O es que tal vez no has observado una parte más amplia del panorama que convierte a la protesta en un patrón que el sistema no teme, porque domesticarlo es más fácil?

Muchas veces se asume que la razón es una falta de voluntad política o la debilidad de los movimientos sociales, pero la explicación está en el mecanismo mismo: la tolerancia represiva. Concepto desarrollado por Herbert Marcuse en 1965, describe cómo una sociedad tolera el desacuerdo de opiniones precisamente para neutralizarlo, permitiendo que exista sin que cambie nada estructural. Combinado con lo que el politólogo Guillermo O’Donnell denominó democracia delegativa, un modelo que se repite con frecuencia en América Latina, este mecanismo se convierte en una herramienta efectiva de control y supervivencia del sistema político.

En su ensayo de 1965, Herbert Marcuse argumenta que las sociedades modernas se construyen a partir de una tolerancia que, más que liberar, puede llegar a controlar, ya que funciona como un mecanismo para mantener el orden existente. Entre las aristas más importantes que el texto recalca se encuentran:

Primero, tolerar lo inofensivo: la prensa opositora, las marchas callejeras y los movimientos minoritarios, porque no causan un daño estructural crítico. Segundo, domesticar la disidencia integrándola dentro del sistema, de modo que incluso un movimiento que podría ser transformador termine convirtiéndose en un partido que nunca ganaría en elecciones o en un ruido sin consecuencias reales. Tercero, la sociedad tolerando lo intolerable: corrupción, desigualdad, violencia o fraudes que, en lugar de generar indignación, se normalizan como algo inevitable de la vida (Marcuse, 1965). El resultado es una paradoja: se tolera lo que causa opresión y se reprime lo que podría generar una sociedad más humana y libre.

Para entender el contexto latinoamericano y cómo el mecanismo se utiliza como método de control por parte del sistema político, resulta necesario mencionar el concepto de Democracia Delegativa desarrollado por Guillermo O’Donnell (1994), concepto el cual se interpreta como la cara contraria a la democracia representativa y se plantea como una concentración de autoridad en el ejecutivo, donde el presidente no se ve como un representante de los ciudadanos, sino como el intérprete supremo de los intereses del país.

En este modelo, ganar una elección se convierte en un equivalente a recibir un mandato sin restricciones, donde cualquier mecanismo de rendición de cuentas podría verse como un obstáculo a su autoridad legítima y donde se espera que los votantes se conviertan en una audiencia pasiva. Es decir, se les permite votar, pero se espera que únicamente “acompañen” al gobierno de turno. Es deber de cada ciudadano no caer en ese hueco. Este esquema posee las condiciones idóneas para que la tolerancia represiva pueda operar.

El patrón de la tolerancia represiva se puede ver evidenciado en sucesos históricos que han ocurrido en la región, empezando desde nuestro país, Ecuador. Recordemos los años 2019 y 2022, protestas lideradas por movimientos indígenas que siguieron el ritual, el patrón: movilización masiva, declaración de estado de excepción por parte del gobierno, mesas de negociación, firma de acuerdos y un raro proceso de cumplimiento que muchas veces termina en promesas firmadas olvidadas. Otro, en octubre de 2019, con el estallido social en Chile, donde se movilizó a millones de personas contra la desigualdad estructural. Como respuesta, el gobierno convocó un proceso constituyente que, si bien parecía ser un cambio en la estructura, no logró su objetivo al ser rechazado en referéndum (Garretón y Morales-Olivares, 2023, p. 7). Los Paros Nacionales, cada vez más comunes en la región, como en 2021 en Colombia cuando durante semanas, sindicatos, estudiantes y comunidades protestaron contra la reforma tributaria del gobierno denominada ‘Ley de Solidaridad Sostenible’, el cual la retiró junto a la promesa de escuchar a su pueblo, teniendo como resultado una atención poco significativa (BBC News, 2021).

El patrón se vuelve visible cuando estas situaciones se repiten en distintos países de la región, independientemente del signo político del gobierno de turno. Para tener un panorama general y así poder visualizar este mecanismo se pueden mencionar marchas de grupos feministas, organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales, que se los tolera, se los escucha en foros, se los menciona en discursos. Pero cuando llega el momento de legislar o de tomar decisiones concretas, esas voces desaparecen de la ecuación. En protestas económicas, donde se permite marchar, se convoca al diálogo, se firman acuerdos, pero las decisiones de fondo ya estaban tomadas. En sí, la tolerancia represiva no necesita siempre silenciar a alguien, porque le basta con hacer que hablar no sirva de nada.

Herbert Marcuse en su ensayo critica a la tolerancia, menciona que esta no se aplica siempre en una Democracia Liberal, porque la definición de libertad está limitada a los parámetros en los que se construye la sociedad y todo aquel que cruce esa línea no debe de ser tolerado. Bajo esta premisa, y el desarrollo de la Democracia Delegativa, se cuestiona: ¿Puede este mecanismo servir como un método de control?

Las evidencias históricas en Chile, Colombia, Perú y Ecuador muestran que el patrón no depende del color político del gobierno ni de la intensidad de la movilización social. Depende de la estructura misma, de una democracia delegativa que concentra el poder en el ejecutivo, convierte a los ciudadanos en audiencia pasiva y neutraliza la disidencia antes de que pueda volverse transformadora.

Los gobiernos de la región han sido moldeados por una estructura que genera que tolerar sea más eficiente que reprimir. Se tolera la disidencia porque integrarla al sistema la vuelve inofensiva. Y la sociedad, con el tiempo, aprende a tolerar lo intolerable como si fuera inevitable. Pero este no es un ritual escrito en piedra porque tiene un límite. La historia latinoamericana también muestra que hay momentos en que la sociedad deja de tolerar lo intolerable, y es ahí donde el mecanismo se fractura. Reconocer ese mecanismo es el primer paso para entenderlo, y entenderlo es el primer paso para no seguir siendo su audiencia pasiva.

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