Ecuador y Colombia frente al Fenómeno de El Niño: la infraestructura que seguimos sin construir

Cada cierto número de años, el océano Pacífico se calienta y el continente repite el mismo guion: alertas tardías, sistemas eléctricos al límite y ciudades que se inundan como si fuera la primera vez. El Fenómeno de El Niño no es una sorpresa meteorológica; es un examen periódico que la región vuelve a reprobar. Ecuador y Colombia, dos países que dependen fuertemente de la generación hidroeléctrica y que arrastran retrasos históricos en inversión de infraestructura, llegan una vez más a este examen sin haber hecho la tarea.

En Ecuador, el patrón se repite desde hace décadas. Los episodios de 1982, 1997-1998 y 2015-2016 dejaron cientos de muertes, cultivos destruidos y carreteras arrasadas, y, sin embargo, cada nuevo Niño encuentra al país en condiciones similares de vulnerabilidad. Durante el evento de 2023-2024, la falta de lluvias redujo drásticamente la capacidad de las hidroeléctricas: la potencia eléctrica que el país llegó a exportar cayó de 400 a 180 megavatios, mientras la generación con diésel creció más de la mitad en cuestión de meses (El Diario, 2025). El Ministerio de Energía y Minas terminó declarando la emergencia en el sector eléctrico, y se registraron cerca de 290 desbordamientos de ríos en dieciséis provincias en apenas tres meses (El Diario, 2025; Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos y Emergencias, 2023). Esto no es una anomalía climática: es la consecuencia directa de un sistema energético que sigue dependiendo en un 80 % del agua, sin el respaldo de almacenamiento ni de fuentes alternativas suficientes (El Diario, 2025).

Esta fragilidad no aparece de la nada. Como se planteó en un análisis previo sobre el sector energético ecuatoriano, el país ha construido su economía sobre una dependencia extractiva que nunca fue acompañada de una estrategia sólida de diversificación. Aquel análisis advertía que Ecuador enfrenta un escenario internacional cada vez más competitivo con una infraestructura deteriorada y una menor capacidad operativa frente a otros países de la región. El Fenómeno de El Niño simplemente traslada ese mismo diagnóstico del petróleo a la electricidad y al agua: un país que no diversifica sus fuentes de energía ni invierte a tiempo en infraestructura queda, una y otra vez, a merced de fenómenos que ya conoce de memoria.

Colombia, con matices propios, atraviesa una historia paralela. El racionamiento eléctrico de 1992-1993, que dejó a millones de colombianos sin luz durante meses, fue provocado por una sequía asociada a El Niño que expuso la dependencia hidroeléctrica del país y las limitaciones de su red (Defencarga, s. f.). Más de tres décadas después, el diagnóstico apenas ha cambiado: entre el 65 % y el 70 % de la electricidad colombiana sigue proviniendo del agua, y 42 proyectos del Sistema de Transmisión Nacional acumulan un retraso cercano al 60 % respecto a sus cronogramas originales (Radio Santa Fe, 2026). A esto se suma que Colombia dejó de ser autosuficiente en gas natural en 2024, justo el combustible que debería servir de respaldo térmico cuando bajan los embalses (El Tiempo, 2026). El resultado es un país que ha perdido el margen de maniobra con el que históricamente enfrentaba estos episodios, y que discute año tras año medidas de contingencia en lugar de resolver el problema estructural de fondo (El País, 2026; Semana, 2026).

Lo más preocupante no es que ambos países enfrenten sequías o inundaciones, sino que ambos reciben el fenómeno con años de anticipación en los pronósticos y, aun así, actúan cuando la crisis ya es evidente. En Colombia, la ventana de pronóstico climático, que debería ser una herramienta barata de adaptación, se desperdicia porque cada sector reacciona por su cuenta y las decisiones de fondo se toman cuando los embalses ya están en niveles críticos (El Tiempo, 2026). En Ecuador ocurre algo similar con la infraestructura vial y de drenaje: se declaran emergencias, se activan planes de contingencia y se repara lo urgente, pero rara vez se construye la resiliencia estructural que evitaría repetir el mismo daño en el siguiente episodio (El Diario, 2026).

La lección, para ambos países, es la misma que dejaba el análisis del sector petrolero ecuatoriano: la fortaleza de una economía no depende únicamente de los recursos que posee :agua, petróleo o gas, sino de su capacidad de planificar, diversificar y anticiparse antes de que la crisis se imponga. Hasta que esa lección se traduzca en inversión sostenida y no solo en planes de contingencia de última hora, el Fenómeno de El Niño seguirá encontrando en Ecuador y Colombia la misma infraestructura vulnerable de siempre.

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Stefany Nathasha
Stefany Nathasha
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