El dilema de la democracia

A lo largo de la historia, el ser humano se ha encontrado con dilemas que ponen en juego el equilibrio de la sociedad. Uno de los más interesantes, y que nos aqueja hasta el día de hoy, es la democracia.

Este artículo no debe ser entendido como un arremetimiento en contra de dicho sistema, sino como un intento de apelar a la conciencia de aquellos que gozan de su derecho al voto y que, en conjunto, hacemos democracia. El peligro de este modelo reside en el riesgo de ceder el poder y, con ello, nuestra propia libertad.

Ecuador, en los últimos años, ha pasado por varios ejercicios democráticos. La última consulta popular parece ser el pico de interés que ha tenido la sociedad recientemente; sin embargo, fue un proceso que también estuvo sujeto a los caudillismos, un factor que llega a ser corrosivo para este modelo. Asimismo, la falta de educación en cuanto a deberes cívicos afecta a la hora de tomar decisiones, una carencia que, lamentablemente, no parece preocupar a la mayoría de las personas.

Antes de continuar, tenemos que aclarar una cuestión: ¿qué es la democracia? Según lo establecido en la Declaración y Programa de Acción de Viena: “La democracia se basa en la voluntad libremente expresada del pueblo de determinar sus propios sistemas políticos, económicos, sociales y culturales y su plena participación en todos los aspectos de su vida.” Sin embargo, esta visión idealizada no es nueva, como tampoco lo son sus peligros. Hace más de 2400 años, ya existían pensadores que veían en la democracia un modelo defectuoso. Las preocupaciones de Platón se debían a la corrupción del espíritu humano y a la tergiversación de los valores, factores que podían hacer que se transitara de la democracia a la tiranía. Este proceso contempla una etapa intermedia de anarquía, contexto en el cual Platón dividía a la sociedad en tres clases: los ociosos o manipuladores (zánganos), el pueblo (la clase trabajadora) y los ricos. Los líderes manipuladores agitan al pueblo para quitarles sus bienes a los ricos, repartiendo una pequeña porción con la mayoría y quedándose ellos con la mayor parte. Cuando los ricos se defienden, se inicia un proceso de guerra civil. Ante la anarquía reinante, el pueblo suele adoptar la costumbre de elegir a un «protector», un representante que debe velar por sus intereses; es ahí precisamente donde nace la tiranía. Al tener a la multitud de su lado, el tirano inicia una purga en la sociedad para consolidar su gobierno, el cual, paradójicamente, fue elegido por la mayoría.

Alejándonos varios siglos de los pensadores clásicos, Alexis de Tocqueville sostenía que la democracia podía ser el mejor o el peor sistema. Para él, esto funciona mediante una dualidad: si la democracia consigue equiparar la libertad a la igualdad, tendrá éxito; si, por el contrario, la igualdad se antepone a la libertad, se producirá una degeneración lenta del modelo.

La idea que acuñó Tocqueville fue “la tiranía de la mayoría”, una advertencia de que la voluntad sesgada de la masa puede ser tan aplastante como un régimen autoritario tradicional. Esto anula dos de las virtudes más importantes de la democracia: primero, la igualdad ante la ley; y segundo, la capacidad de transicionar de gobierno de forma pacífica. Hoy en día, podemos ver rastros de esta degeneración en el mundo digital, donde la tiranía de la mayoría ha encontrado en las redes sociales un nuevo mecanismo de control social descentralizado: la llamada “cultura de la cancelación”, donde cualquier criterio que no se alinee con el pensamiento colectivo es desvirtuado (rebasando, obviamente, los límites del derecho a la libertad de expresión).

Este panorama no es ajeno a la realidad; la historia de los últimos dos siglos nos ofrece ejemplos claros de ello. El primero es el colapso de la democracia en la Alemania de Weimar, donde un líder carismático aprovechó la memoria y el descontento social para obtener la mayoría en el Reichstag (parlamento), siendo esa misma mayoría la que le otorgó a Hitler la facultad de aprobar leyes sin pasar por el poder legislativo. Otro caso es la persecución de los bahaíes en Irán; al ser la mayor minoría religiosa del país, han sufrido un acoso sistemático desde la Revolución Islámica, sobreviviendo ante un poder estatal que busca su exterminio. Así, Irán se ha convertido en un claro ejemplo de cómo las pasiones de una mayoría pueden instrumentalizarse para culminar en autoritarismos o teocracias.

La historia ofrece claros ejemplos de cómo la democracia puede tambalearse; sin embargo, más que una falla del modelo en sí, es una deficiencia de quienes lo practicamos. Una de sus principales vulnerabilidades es la susceptibilidad de la ciudadanía ante ideas demagógicas, lo que permite el auge de caudillismos que manipulan la opinión pública a favor de ciertos candidatos o propuestas. Como se mencionó al inicio de este artículo, la consulta popular de noviembre de 2025 en Ecuador registró una de las mayores tasas de participación en los últimos años. Lo ideal sería mantener esta tendencia; no obstante, para lograrlo es indispensable elevar la calidad de los postulantes. Eventos como los debates presidenciales siguen captando la atención pública, pero no por las razones correctas: en lugar de presenciar un despliegue de conocimiento y propuestas, la sociedad es testigo de un reflejo de la cultura política local, la cual a menudo raya en lo absurdo.

A las puertas de las próximas elecciones seccionales, resulta oportuno reflexionar sobre la responsabilidad ciudadana en el ejercicio democrático, recordando que este trasciende el simple acto de sufragar. Actualmente, Ecuador atraviesa una profunda crisis institucional y política que exige un análisis riguroso. Independientemente de las afinidades ideológicas individuales, los partidos políticos deben constituir un pilar para el correcto funcionamiento del modelo democrático en el que habitamos.

Autor

Admin Admin
Admin Admin
Artículos: 50

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *