La generación que decidió mirar a otro lado

El distanciamiento de los jóvenes frente a la política no es apatía: es una reacción comprensible. Pero sostener esa distancia hoy no es neutral, es una decisión que también tiene consecuencias.

Durante la última década, una parte importante de la juventud ecuatoriana ha optado por tomar distancia de la política. No se trata de desinterés ingenuo, sino de una respuesta frente a un sistema marcado por prácticas que han erosionado su legitimidad: corrupción reiterada, clientelismo persistente y una cultura política que, en muchos casos, ha priorizado intereses particulares sobre el bien común.

En ese contexto, el rechazo ha funcionado como una forma de defensa. Para muchos jóvenes, no involucrarse ha significado no validar dinámicas con las que no se identifican. Sin embargo, esa decisión, comprensible en su origen, plantea hoy un problema de fondo.

La política no desaparece cuando se la ignora.

Las decisiones públicas continúan tomándose, las instituciones siguen operando y el rumbo del país se define con o sin la participación de quienes optan por mantenerse al margen. En ese sentido, la ausencia no genera un vacío neutral, sino un espacio que otros ocupan.

Y no siempre lo hacen desde el pensamiento crítico.

En los últimos años, la participación política visible ha estado marcada, en parte, por posiciones rígidas y altamente polarizadas. El debate público se ha reducido, en muchos casos, a la repetición de consignas, a la defensa acrítica de liderazgos y a la descalificación del disenso. Este fenómeno no solo empobrece la discusión, sino que limita la posibilidad de construir acuerdos sostenibles.

La falta de involucramiento de sectores jóvenes con capacidad crítica contribuye, indirectamente, a esta dinámica. Una democracia que no se renueva pierde calidad. Y sin renovación, las prácticas que generan rechazo tienden a perpetuarse.

El problema, por tanto, no es únicamente la política que se cuestiona, sino también la falta de participación de quienes podrían contribuir a transformarla.

Esto no implica asumir que la solución pasa por una incorporación automática o acrítica a las estructuras existentes. Por el contrario, el desafío radica en participar de manera distinta: con mayor exigencia, con mejor información y con una disposición real a cuestionar incluso las propias posiciones.

Participar en política no se limita al ámbito partidista. Implica incidir en el debate público, construir opinión informada, organizarse en torno a causas concretas y ejercer un rol activo en la vigilancia del poder. Supone, en esencia, asumir que la política es un espacio de disputa legítima que no puede ser abandonado sin consecuencias.

En el contexto actual del Ecuador , marcado por desafíos en seguridad, institucionalidad y confianza ciudadana, la ausencia de jóvenes no es un dato menor. Es un factor que incide en la calidad de las decisiones y en la capacidad del sistema para adaptarse y responder.

La distancia puede haber sido una reacción válida. Pero sostenerla indefinidamente implica ceder terreno.

Porque cuando los espacios de participación quedan vacíos, otros los ocupan. Y cuando lo hacen sin criterios de responsabilidad, sin pensamiento crítico o sin compromiso democrático, los resultados tienden a reproducir aquello que se cuestiona.

La política no mejora por inercia. Mejora cuando quienes tienen la capacidad de cuestionarla deciden involucrarse.

Ignorarla no la debilita.
La deja intacta.

Y en un sistema que ya ha demostrado sus fallas, dejarlo intacto no es una posición neutral.

Es, en los hechos, una forma de permitir que todo siga igual.

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