Vivir en Galápagos es un privilegio, pero también un compromiso. Llegué a la edad de 4 años y, desde ese momento, se convirtió en mi hogar. La Isla Santa Cruz, donde actualmente vivo, me abrió los brazos y me dio la oportunidad de disfrutar de cada espacio, llevándome a mis preciados recuerdos de niña como el disfrutar del turquesa de las playas, visitar al Solitario George en el Centro de Crianza “Fausto Llerena” y jugar en el barrio sin preocupaciones. Sin imaginar que, más tarde, parte de esto daría un giro a mi carrera de gestora ambiental hacia la educación socioambiental.
Actualmente tengo 29 años y puedo dar testimonio de cuánto ha cambiado Santa Cruz: desde el uso de los espacios, el crecimiento poblacional y las necesidades de la gente. Seguido de la constante relación con el Ecuador continental y quienes migran a las islas por mejores oportunidades, traen nuevas ideas, pero también hábitos que no siempre son los mejores. A tal punto que su estilo de vida, al cual están acostumbrados, choca con la realidad de Galápagos, para lo cual utilizamos el “ya te cogió la isla”. Olvidándose de que se encuentran en un Parque Nacional que es sinónimo de conservación, pero también de respeto por quienes hacen comunidad.
Desde esta perspectiva, cuando escucho a los nacionales decir: “¿Por qué no puedo vivir aquí si Galápagos es también parte de Ecuador?”, mi respuesta suele ser que Galápagos no es para cualquiera. No lo digo desde el egoísmo, sino desde el sentido de conciencia ambiental con el cual crecí. Pese a las problemáticas que perduran en el tiempo, hemos tenido la necesidad de adaptarnos para sobrevivir, tal como lo dice la Teoría de Charles Darwin. Siendo este el precio que nos ha tocado pagar para vivir en un lugar tranquilo, donde todavía podemos caminar con tranquilidad y respirar sin smog, en comparación con las grandes ciudades.
Ser docente no era mi meta; de niña soñaba con ser profe de manualidades, pero poco a poco fue moldeándose desde la admiración y respeto a ser parte de los guardaparques que contribuyen a la conservación. No obstante, fue en 2022 cuando mi perspectiva tomó más fuerza y me llevó a recordar a la Katherine que también fue parte de las aulas, pensando en lo que me hubiera encantado realizar cuando era estudiante. Fue entonces que la experiencia de voluntariado en el área de educación en una ONG local con enfoque social me llevó a consolidar mi horizonte.
La Fundación Un Cambio por la Vida se convirtió en mi escuela. Desde este espacio puedo ayudar a crear impacto en los jóvenes a través de diferentes actividades transversales alineadas a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030. Creo que la educación es un pilar fundamental dentro de nuestra sociedad, a la cual debemos adaptarnos acorde a las realidades de cada territorio. Sin duda, Santa Cruz ha cambiado mucho: se muestra más como ciudad, la gente se conoce menos, se ha ido perdiendo el sentido de unidad como lo era con nuestros colonos, olvidando los buenos hábitos como el saludo, el respeto hacia los demás y su entorno.
Para quienes crecimos con las calles aún de ripio, y no se diga los que vivieron aún las calles de arena de playa disfrutando cada espacio, entendemos lo chocante que puede resultar. El tratar de corregir pequeñas acciones en los demás muchas veces es mal recibido por quienes se encuentran de paso, incluyendo a ciertos residentes que se sienten con el derecho de hacer lo que quieran: desde arrojar basura sin argumento alguno, hasta faltar el respeto al peatón y a las leyes de tránsito. Siendo testigo del hostigamiento a los pasajeros que se movilizan en bus entre el puerto y la parte alta de la isla.
En el contexto del 22 de abril, “Día Mundial de la Tierra”, creo que cuidar de Galápagos es compromiso de todos. Al final del día, creo que la clave para construir ciudades sostenibles se encuentra en los relevos generacionales comprometidos y en constante preparación. Pues no se trata de evitar arrojar basura solo por hoy o de decir: “Eso está prohibido”, sino de promover desde el ejemplo buenas prácticas, permitiéndonos vivir en armonía en el entorno en el cual nos desarrollamos, sin que nadie pase por encima de nadie y mucho menos por encima de un lugar tan maravilloso como lo es este laboratorio vivo.
Me atrevo a reconocerme como líder que nació, en parte, desde la inspiración recibida en las aulas. Gracias a los docentes que dejaron una huella imborrable en el tiempo, lo cual me ha impulsado a continuar aportando a mi comunidad desde diferentes espacios, principalmente desde la niñez y la adolescencia, a través de cada nueva jornada diseñada de aprendizaje y actividades vivenciales como clave para fortalecer sus habilidades y la manera de ver el mundo. No siempre es fácil, pero eso me lleva a tener presente que cada estudiante es un mundo diferente.
Por lo tanto, mi compromiso va más allá de compartir conocimiento: está en dejar en ellos experiencias que sean parte de su motivación y compromiso para hacer lo que quieran hacer. En otras palabras, ayudarles a encontrar su horizonte como yo encontré el mío. Tal como un docente me dijo: “Somos responsables de construir sueños…”. Me llena de emoción saber que estoy haciendo lo correcto. Solo así lograremos impulsar nuevos liderazgos que asuman el compromiso de ser parte del cambio y no del problema.





