El rol de la juventud en la era de la posverdad

El Ecuador amazónico de voz ferviente y lo evidente a los ojos de la colectividad parecen desvanecerse hasta casi no dejar rastro. La verdad es de quien la construye primero, o de quien la sustenta mejor; e intentar observar más allá de la punta del iceberg parece imposible ante los millones de flashes de las cámaras y de las pantallas con portadas cuyos variados titulares pintan escenarios distintos, adaptados para contar lo que es necesario y conveniente para los poderes de turno.

Y como si de una subtrama se tratara, una juventud ecuatoriana con más desafíos que oportunidades lleva consigo la responsabilidad de convertirse en el punto clave para la democracia local. Una responsabilidad que significa tomar decisiones en nombre de una verdadera democracia, con el deber de librar batallas contra la arquitectura invisible de los algoritmos, contra la manipulación de cifras, de narrativas, de información en general.

En Ecuador, de acuerdo con la normativa vigente, las personas jóvenes son aquellas cuya edad se comprende entre los 18 y 29 años, quienes actualmente representan un porcentaje amplio de la población. Esta estructura demográfica sitúa a la juventud en una posición dual: por un lado, son el sector con mayor potencial de incidencia en la esfera pública y digital, pero también el más expuesto a riesgos como la desinformación y la vulnerabilidad socioeconómica.

Para entender el desafío, es imperativo analizar el consumo de medios. Según el informe Digital 2025: Ecuador de We Are Social, cerca de 14 millones de ecuatorianos son usuarios activos de redes sociales, con TikTok liderando el crecimiento en el segmento joven. Es así que, como advierte el analista político Farith Simon, la política ecuatoriana ha pasado por un proceso de “espectacularización”, donde la propuesta técnica es desplazada por el contenido emocional y efímero.


La verdad depende de la pauta

Con lamentable crudeza, a cada segundo es posible encontrar un suceso disfrazado de verdad bailando al ritmo del mejor postor. Es posible observar el mismo hecho noticioso con diferentes enfoques, narrativas, titulares y demás, todo adaptado a lo que se desee informar.

Porque la verdad no solo es una, es algo que se construye de acuerdo con la conveniencia, sea esta para minimizar o justificar lo reprochable, o para exaltar y magnificar lo diminuto; inclusive, para idolatrar a uno y menoscabar la dignidad del otro.

Y así, lo que debería manejarse con transparencia termina ajustándose a lo efectivo, y aún, en muchos casos, ni siquiera eso, sino algo más: el poder político.

Podría determinarse que lo cierto está al alcance de una búsqueda en medios institucionales. Pero ¿qué sucede cuando las cifras se contradicen? ¿Qué sucede cuando las cifras no se reflejan en las calles y en el sentir popular? ¿Qué sucede cuando las cifras son manipulables? Es como caminar en un campo minado: la cautela, la prudencia y la duda serán las herramientas para aceptar solo lo que, por nuestro propio juicio, establezcamos como cierto después de haber librado varios metros de recorrido sin que alguna mentira cómoda explote.

Qué peligroso un campo minado, qué peligroso tener una venda y emitir juicios, qué peligrosa una democracia altamente influenciada por una comunicación perversa.


Compromiso de las voces juveniles

Bajo este cielo de incertidumbres, la juventud ecuatoriana se halla ante un nuevo mandato que le empuja a dejar de ser el náufrago que se aferra a cualquier tablón informativo para convertirse en el arquitecto de su propia lucidez. El desafío es ser más que un consumidor pasivo que devora todo sin escoger la cizaña del arroz, sino ser un curador crítico. Ser joven hoy en el Ecuador exige un compromiso con la verdad que se fragua en la paciencia, el discernimiento e, inclusive, en la valentía.

Esta curaduría exige también elevar la vara del debate. No podemos seguir permitiendo que la política se reduzca a un desfile de trends vacíos y estéticas de pantalla. Es imperativo presionar a los actores del poder para que abandonen el maquillaje algorítmico y nos devuelvan el contenido programático; que la propuesta pese más que el filtro, y que el plan de gobierno no se diluya en la coreografía del momento.

La participación política debe ser más que un “activismo de teclado” que se disuelve al apagar la pantalla; el acceso a la información es un privilegio que conlleva la obligación de sostener un debate público sano, anclado en los hechos y no en el eco de nuestras propias burbujas.

En última instancia, este rol ante los abismos de la información es un acto de resistencia intelectual. En un Ecuador fracturado y polarizado, el compromiso joven con la verificación es el único puente que nos queda. De esta madurez en el consumo de datos dependerá si caminamos hacia una democracia sólida o si terminamos hundiéndonos en la ciénaga de la posverdad.

La responsabilidad es tan cruda como clara: solo informándose con rigor se puede decidir con libertad.

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