Durante muchos años pensé que la ciencia era un mundo ajeno. No porque no me gustara aprender, sino porque no tenía referentes cercanos que me mostraran que ese camino también podía ser mío. La ingeniería parecía pertenecer a otros: a quienes nacían con certezas, con recursos, con las suficientes posibilidades. Yo crecí explorando desde el arte, el deporte y la sensibilidad, sin saber que todo eso también podía conducir a una carrera STEM.
Mi historia no empieza en un laboratorio ni en un campus extranjero. Empieza en un entorno donde el esfuerzo no siempre alcanza para abrir puertas rápido, donde ser joven, mujer e indígena en espacios de ciencias exactas todavía se siente como caminar contra la corriente. Empieza también en una vulnerabilidad socioeconómica real, esa que te obliga a pensar dos veces antes de postular, no por falta de capacidad, sino por falta de respaldo. Y aun así, aquí estoy: no porque la vida me lo hizo fácil, sino porque aprendí a insistir, a ser necia, a quizás ser señalada desde que tengo uso de razón por ser “la rara”, o un “patito feo”.
Esa resiliencia se entrenó mucho antes de pisar la NASA. La entrené en las Olimpiadas de Astronomía y Astronáutica, en las que persistí durante años. Ahí entendí una lección que me acompaña hasta hoy: los sueños rara vez salen en el primer intento. A veces te toca estudiar más, corregir, volver a fallar, volver a intentar. Y aunque el resultado final importe, lo que te cambia la vida es la persona que te vuelves en el proceso.
En 2022 viví un contraste que todavía me estremece: una semana antes de postular a mi primer programa en NASA, mi barrio atravesó un aluvión que dejó pérdidas humanas y materiales. En medio del miedo, el caos y la impotencia, postular se sintió casi absurdo… pero también se sintió necesario. Porque desde entonces confirmé algo: la ciencia no sirve si está desconectada de la realidad. Yo no quiero la ciencia para “verme brillante”; la quiero para que sea útil, para que pueda convertirse en herramienta cuando la vida se rompe.
Y ese impulso por servir no nació solo desde lo académico. Cuando era niña, el violín fue mi primera forma de entender el impacto: tocar en grupo me enseñó disciplina, armonía, escucha, pero también me enseñó algo más profundo. Llevamos alegría, vida y momentos de respiro a personas vulnerables. Ahí aprendí que hay conocimientos que no se miden en notas, pero forman carácter. Y muchos años más tarde, entiendo que ese carácter también sostiene una vocación científica.
Con ese camino detrás, en 2022 fui seleccionada para la primera tripulación de niñas ecuatorianas participando en She Is Astronauta, mi primera experiencia en NASA Houston. Ahí entendí que el futuro no le pertenece solo a quienes ya tienen acceso, sino también a quienes están dispuestos a buscarlo incluso cuando el piso tiembla. Sin embargo, fue en el International Air and Space Program (IASP) donde esa idea se volvió tangible.
Llegar al IASP no fue lineal. Implicó postulaciones, entrevistas, incertidumbre financiera y momentos de duda. Como suele ocurrir en estos espacios, el entusiasmo convive con el miedo: miedo a no ser suficiente, a no estar preparada, a no pertenecer. Aun así, decidí intentarlo.
En el IASP convivimos estudiantes de más de diez países en un entorno de alta exigencia técnica. Simulamos misiones espaciales, realizamos actividades de diseño, operación y análisis de sistemas, y trabajamos bajo presión en escenarios que reproducen condiciones reales de exploración. Formé parte del equipo que desarrolló el proyecto MIRKOL, con el que obtuvimos el tercer lugar internacional.
Pero más allá del resultado, lo transformador fue el proceso. Aprendí que la ingeniería no es solo teoría: es coordinación, comunicación, decisiones éticas y trabajo colaborativo. Cada error era una oportunidad para mejorar. Cada desacuerdo, una invitación a escuchar. Cada logro, colectivo.
En un entorno multicultural entendí que el conocimiento no florece en soledad. Florece cuando se comparte, cuando se cuestiona, cuando se contrasta con otras miradas.
Y por eso, cuando pienso en “quién soy” dentro de la ciencia, no me veo como alguien que tuvo que borrar su historia para encajar. Me veo como alguien que la convirtió en motor. Porque mi fuerza también viene de lo que parece “fuera de lugar” en un perfil técnico: el arte, el deporte, la sensibilidad, la raíz, el barrio, la familia, los días difíciles. En esa diversidad reside mi valor.
De hecho, esa necesidad de crear impacto también se expresó antes de NASA, cuando impulsé la primera campaña de concientización sobre el cuidado de la fauna urbana en la red de colegios municipales. Para mí, eso también es ciencia: observar un problema real, entenderlo, comunicarlo, movilizar a otros y cambiar hábitos. La innovación no siempre se ve como un robot o un laboratorio; a veces se ve como educación, empatía y acción.
En Ecuador, donde el acceso a oportunidades científicas sigue siendo desigual, experiencias como el IASP no deberían ser historias aisladas. Deberían convertirse en referentes posibles. Porque no podemos ser lo que no podemos ver.
Si algo me dejó el IASP es esta certeza: no existe el momento perfecto para atreverse. Uno se atreve con miedo, con dudas, con sueños incompletos. Pero se atreve. Y cuando lo haces, descubres que no necesitas ser “una versión perfecta” de ti para pertenecer: necesitas ser tú, completa.
La pregunta final no es si somos lo suficientemente buenos.
La pregunta es si estamos dispuestos a buscar esos espacios, a exigirlos, a construirlos, incluso cuando parece que no fueron diseñados para nosotros.
Por: Samay Iraís Benítez
Estudiante de Ingeniería en Materiales – EPN





