Volatilidad Funcional: Cómo el Poder se Reproduce a Través de Crisis Diseñadas

En los últimos años hemos sido testigos de diversos eventos que impactaron significativamente en la economía mundial: la pandemia del COVID-19, la reconfiguración de las cadenas globales de valor, la escalada en conflictos armados y el inicio de guerras, el auge de la inteligencia artificial. Se puede decir que la economía global ha pasado por fases imprevistas, y nos preguntamos: ¿cuánto más puede aguantar este sistema antes de colapsar?

Hemos sido bombardeados a través de los medios con narrativas de contingencia, pero detrás de ello se oculta una lógica disruptiva: el sistema no colapsa ante una crisis; se reproduce a través de ellas. El sistema requiere shocks para reconfigurar jerarquías. La volatilidad no es un fallo, sino un mecanismo de autorreproducción. Entonces, la pregunta crítica es: ¿quiénes diseñan una volatilidad funcional en los momentos de incertidumbre?

La dinámica es que el mundo ha operado convirtiendo las contingencias en oportunidades estructurales: mientras la pandemia aceleró el desarrollo digital, la guerra en Ucrania volcó los flujos energéticos hacia el Atlántico Norte, y la IA, por su parte, legitimó una nueva división del trabajo. Entonces debemos preguntarnos: ¿estamos frente a crisis espontáneas o ante un diseño funcional? Y lo más importante: ¿a quién o quiénes estaría beneficiando?

Wallerstein, sociólogo creador de la teoría del sistema-mundo, define al poder como la capacidad de un actor para reproducir las condiciones estructurales que le benefician dentro de la división internacional del mercado. Bajo esta lógica, las “crisis” no son accidentes; son momentos de reconfiguración donde los actores hegemónicos —como Estados Unidos, corporaciones transnacionales o fondos soberanos— aprovechan la incertidumbre para reforzar su posición. Trump no rompió este sistema; lo performó con su lógica: los mercados no son neutrales, son campos de batalla geopolíticos.

Como recordamos, en 2025 Trump, en el contexto de la guerra comercial contra China, su competidor directo, anunció aranceles mundiales, lo que resultó en el desplome de los mercados globales. Cuatro días después, minutos antes de anunciar la suspensión de los aranceles, Trump publicó en Truth Social: “IT’S A GREAT TIME TO BUY !!! DJT”. Esas tres letras —“DJT”— presentaban una ambigüedad deliberada: por un lado, constituían la firma personal del presidente (Donald J. Trump); por otro, coincidían exactamente con el ticker bursátil de Trump Media & Technology Group, la empresa que controla su red social y cuyas acciones cotizan en la bolsa de Nueva York bajo ese mismo código. Esta doble lectura operó como una señal cifrada dirigida a quienes podían descifrarla. El efecto fue inmediato: mientras el mercado general repuntaba 9,5% tras el anuncio de la tregua arancelaria, las acciones de Trump Media se dispararon 22,67%, multiplicando el valor de su participación del 53% en USD 415 millones en cuestión de horas.

Ante esta sincronía, senadores estadounidenses como Adam Schiff cuestionaron abiertamente si se trató de insider trading presidencial: “¿Alguien compró o vendió acciones y se benefició a expensas del público?”. La respuesta oficial de la Casa Blanca fue que Trump simplemente cumplía con su deber de “tranquilizar los mercados”. Sin embargo, esto demuestra cómo el sistema se transforma en un mecanismo encubierto de transferencia de riqueza hacia la élite de actores seleccionados.

Un ejemplo claro de cómo la injerencia de los líderes mundiales afecta a los mercados financieros es también el caso del mandatario argentino Javier Milei, que fue protagonista de serios cuestionamientos al apoyar una criptomoneda no regulada, en el portal “X”, denominada “Libra”. Un activo digital que resultó ser fraudulento y dejó a miles de personas con pérdidas de más de 87 millones de dólares.

La lección para el Sur Global no es moral, sino estructural y de perspectiva. Mientras interpretemos los shocks económicos como fenómenos exógenos, permaneceremos en una posición pasiva. Los shocks son la expresión cruda de que el sistema premia la volatilidad como un mecanismo de acumulación de riqueza. Por ende, una nueva perspectiva debe estar orientada a abandonar la ilusión de un “orden económico neutral” y reconocer las crisis no como simples picos en los mercados, sino como parte de un sistema. Se debe desarrollar la capacidad propia para reconfigurar condiciones estructurales que nos beneficien y planear un cambio de cadenas de valor para volvernos sujetos de reordenamiento global.

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