A los 15 años, Julián Hidalgo Chiriboga encontró en el atletismo una manera de transformar los desafíos de la neurodivergencia en propósito y disciplina. Su historia es testimonio de resiliencia, familia y pasión.
Hola, soy Julián Hidalgo Chiriboga, tengo 15 años, estudio en décimo grado en un colegio particular en Quito y soy neurodivergente. Apenas ahora estoy entendiendo lo que significa. Antes solo sabía que me costaba muchísimo poner atención en clases y me distraía con cualquier cosa. Tener amigos tampoco era fácil, pues me molestaba con facilidad, odiaba que se burlaran de mí y sentía que no era tan inteligente como ellos. Siempre me ha costado adaptarme en la escuela y en el colegio.
Resulta que mucho de esto se explica si te digo que tengo Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y también Trastornos de Aprendizaje: dislexia, dislalia y discalculia. Pero, como dice mi mamá, esto no me define: solo sirve para entender cuáles son mis desafíos y construir mis propias herramientas para vivir con ello. Mi hermano y otros miembros de la familia también lo tienen, y aunque cada uno presenta rasgos distintos, los tres tenemos días o momentos caóticos. No es una enfermedad, es una condición que tendremos toda la vida. Nuestro cerebro funciona diferente, así que el acompañamiento de un equipo de apoyo es importante: psicólogos, pedagogos, médicos, pero sobre todo una familia que te entienda, que no quiera cambiarte y que te ame como eres.
Aunque pueda sonar como un problema ser neurodivergente, también es valioso comprender que viene con “superpoderes”. Cuando te hiperfocas eres imparable: logras irte al extremo contrario de la distracción, hacia la concentración, la dedicación y el enfoque. Más que un tema neurológico, creo que en el fondo es lo que a todo el mundo le pasa: cuando encuentras una pasión, todo se alinea.
El colegio nunca ha sido fácil para mí, pero aquí es donde el deporte, específicamente el atletismo, cambió mi vida. En uno de los varios colegios en los que estuve, entré a una extracurricular de atletismo y el profesor nos inscribió en la carrera Chasquitos de 8 kilómetros para niños. Creo que llegué entre los últimos y con un riñón en cada mano, pero nunca voy a olvidar la sensación al cruzar la meta. Sentí que por primera vez había logrado algo importante, hasta me dieron una medalla dorada. Mi madre no se demoró, con lo eléctrica que es ella, en buscarme dónde entrenar, y así llegué al Club Ruta 42, donde conocí a Raulito Ricaurte, quien junto con Margarita y todos los miembros me inspiraron muchísimo. Me gusta ser también, no lo voy a negar, el “bebé” del grupo, a quien todos cuidan y apoyan.
Con ellos participé en la Ruta de las Iglesias, que se corre en la noche. Ya voy dos ediciones y he disfrutado mucho. Como buen novelero, me impresionaron las luces, la gente, los regalos, aunque la primera vez poco entendía de técnica, tiempos o estrategia. Desde ahí me dediqué a entrenar con conciencia para cambiar eso. Con más conocimiento y estrategia corrí después la carrera Héroes, organizada por la Policía Nacional. Es muy especial porque ver y escuchar a los grupos militares, policiales y tácticos con sus cantos de guerra es una experiencia única. Seguí enamorándome de este deporte.
Sinceramente les digo que no me reconozco cuando entreno y participo. En lugar de distraerme, me concentro, me enfoco y no paro hasta llegar a la meta. Madrugo con ilusión, pongo tanta atención a lo que me dice mi entrenador. Me encantaría que lo mismo me pasara en el colegio, pero sé que lo lograré.
Regresando al tema del propósito, fue precisamente una carrera la que me ayudó a comenzar a descubrirlo. La Tenorio 10k solicitaba en la inscripción que señalaras la persona o causa por la que corrías o a quien le dedicabas tu carrera. Yo lo hice por los niños con neurodivergencias, pues veo que el atletismo ha hecho tanto bien en mi vida que quisiera que todos los niños y personas con esta condición también se animen y enriquezcan su vida.
Han sido muchas carreras ya, pero si tengo que destacar una, hablaría de mis primeras 15k, pues fue avanzar a un nuevo nivel de desafíos, ya palabras mayores. Entrar al Estadio Olímpico Atahualpa en Quito al terminar la carrera fue un “wow”. Hacer la competencia que tantas veces ganó Rolando Vera Rodas, el chasqui de oro, me hizo sentir extraordinario. Pero lo mejor de todas las carreras siempre ha sido ver a mi familia durante todo el recorrido: mis prim@s, tí@s, abuel@s con carteles, aplausos y gritos de aliento. Cuando se han burlado mucho de ti, llegas a creer que en efecto no sirves para nada, pero que tu familia, e incluso gente que no te conoce, te apoye y te diga que tú puedes, no tiene precio.
Después de cada entrenamiento y de cada carrera siento que logro algo que no todos logran. Siento que pertenezco, que tengo una meta, que soy de la minoría que se desafía todos los días y no se conforma. Neurodivergente o no, todos deberíamos hacer deporte, aprender a tocar un instrumento, hablar otro idioma, hacer gestión social, ayudar a la gente, encontrar nuestro “superpoder” y contagiar a otros a vivir la pasión de hacer lo que logra levantarte de la cama todos los días. Hacerlo en equipo es además maravilloso, conectar con personas como no lo había hecho antes.
Si Dios quiere, voy a intentar hacer por primera vez una media maratón: la de Cuenca en marzo de 2026. Les contaré. Cumplan sus sueños, no se limiten, inspiren a otros, pero sobre todo aprendan a amarse. No importa lo que digan los demás, solo tú sabes el valor que vive en ti.





