Cuando la academia se deja alcanzar por la sombra del odio y del grito más fuerte, pierde su propósito fundacional: pensar el mundo desde las ciencias para contribuir al desarrollo humano y la protección del mismo. Ese que esté al alcance de todas y todos. Uno donde las ideas de quienes lo habitamos quepan, pero, sobre todo, puedan ser discutidas. Por eso, veo con profunda preocupación la manera en la que el odio llega y se inserta en los espacios destinados para el pensamiento. Así nos arrebata la posibilidad de discutir las ideas y deshumaniza al que las enuncia. La educación, más allá de su función institucional, lleva consigo valores que deberían ser inamovibles: el reconocimiento de la humanidad del otro y la otra, su historia de vida, el contexto que hay detrás de una postura, pero hoy más que nada el cuidado ante mi igual, mi compañera o compañero de clase, de universidad, de aula o colegio. Y si nos vamos a los términos que de momento son populares, debemos entonces cuidar a la o al compatriota.
Cuando salimos en la efervescencia de una coyuntura electoral en un país que no ha dejado la violencia atrás, esto solo puede significar dos caminos: el primero es encontrar a alguien que escuche todo lo que estoy sintiendo dentro de mí, mis preocupaciones individuales y colectivas. Porque hay algo que debe ser muy claro y es que este entorno no se vive sola o solo. Lo que sí es sumamente contraproducente resulta ser eso mismo: dar por hecho y quedarse sola y solo en estos momentos. Independientemente de cuál sea su candidato o el discurso que más le convenza, la realidad es que vivir estos momentos en soledad lo único que aumenta es sentirse como una persona ahogada ¿en qué? En esa misma preocupación que creemos individual, pero que compartimos como país. De esta forma terminamos ensimismados detrás de una pantalla y depositando todo lo que asusta a nuestro ser. Sin embargo, aunque parezca imposible, aunque parezca un reto de vida o muerte —que no debería—, el diálogo es indispensable en este momento, por supuesto, en el marco del respeto y el reconocimiento de que estoy tratando con otro ser humano, con otra colombiana o colombiano, igual a mí.
¿Qué pasa cuando ese marco se quiebra?
Aparece el otro camino, el más sencillo y, a su vez, el más oscuro. No escuches, no tengas disposición, la otra o el otro es simplemente un objeto que no razona, no siente, no tiene una familia, unos derechos por los cuáles preocuparse. Enfócate en ti —diría la cultura wellness. Y créeme, esa no ha sido inofensiva, ha instaurado casi que en nuestras almas el chip de que “si yo estoy bien, nada más importa”. Bueno, pues resulta, querida o querido lector, que no es así. Para tu fortuna, tus preocupaciones individuales no lo son: hay más estudiantes, incluso amigas tuyas, a quienes también les interesa qué es lo que va a pasar con esos planes que hacían antes de esta coyuntura electoral, si va a ser posible echarse un chiste sin que me bajen de una etiqueta reduccionista de mi humanidad, pues mi entera identidad no es ser “fascista” ni una “narcoterrorista”.





