Para 2025, la tasa de desempleo en Ecuador se ubicó entre el 2,6 % y el 3,5 %, según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (ENEMDU) del INEC. En términos comparativos regionales, esta cifra es relativamente baja.
La misma encuesta señala que en enero de 2026 la tasa fue de 3,4 %, manteniéndose dentro del rango observado el año anterior. A primera vista, podría interpretarse como una señal de estabilidad. Sin embargo, la pregunta relevante no es si el desempleo es bajo, sino si el mercado laboral ofrece condiciones de empleo digno.
Una tasa de desempleo reducida no implica necesariamente que la mayoría de los ciudadanos tenga empleo adecuado. Este indicador simplemente refleja que una parte de la población económicamente activa no tiene trabajo y se encuentra buscándolo activamente.
¿Qué mide realmente el desempleo?
El desempleo solo contabiliza a quienes:
- No tienen trabajo.
- Están disponibles para trabajar.
- Han buscado empleo en las últimas semanas.
Quedan fuera del indicador quienes han dejado de buscar por desaliento, así como quienes trabajan en condiciones informales o con ingresos insuficientes. En consecuencia, un desempleo bajo puede coexistir con precariedad laboral elevada. No mide calidad del empleo, sino ausencia total de ocupación.
Empleo adecuado vs. empleo informal: evidencia estructural reciente
La evolución del mercado laboral en los últimos diez años muestra una transformación estructural. Los indicadores entre 2010 y 2024 evidencian que el empleo adecuado alcanzó su punto máximo alrededor de 2014, en un contexto de altos precios del petróleo y fuerte expansión del gasto público.
A partir de 2015 se observa un deterioro sostenido de la formalidad laboral, coincidiendo con el shock petrolero, la aprobación de la Ley de Justicia Laboral y el terremoto de 2016. La pandemia de 2020 profundizó este proceso, generando una caída abrupta del empleo pleno.
Esto demuestra que el mercado laboral ecuatoriano es altamente sensible tanto a shocks externos como a cambios regulatorios internos. La recuperación posterior no ha logrado restablecer los niveles de formalidad previos a 2015, lo que sugiere una pérdida de dinamismo estructural en la generación de empleo de calidad.
Actualmente:
- Solo entre el 33 % y el 38 % de la población ocupada se encuentra en empleo adecuado o pleno.
- Más del 50 % de la fuerza laboral opera en condiciones de informalidad, con registros recientes entre el 53 % y el 56 %.
- En consecuencia, más del 60 % de los ocupados no cumple con estándares de empleo formal, jornada completa e ingresos iguales o superiores al salario básico.
El bajo desempleo, por tanto, no refleja necesariamente fortaleza estructural, sino una reconfiguración hacia formas de ocupación de menor estabilidad y protección institucional.
Implicaciones económicas estructurales
Desde una perspectiva macroeconómica, un mercado laboral predominantemente informal genera efectos que trascienden el ámbito social y afectan directamente la sostenibilidad económica del país.
La persistencia de alta informalidad implica:
- Reducción de la productividad agregada.
- Menor recaudación tributaria y debilitamiento del sistema de seguridad social.
- Restricción en el acceso al crédito formal.
- Mayor vulnerabilidad ante shocks externos.
Estos factores inciden directamente en el crecimiento potencial del PIB y en la sostenibilidad fiscal de mediano y largo plazo.
Dimensión política e institucional
El problema del empleo en Ecuador no es únicamente técnico; es institucional.
La interacción entre shocks económicos, cambios regulatorios y restricciones fiscales ha configurado un entorno donde la formalización laboral no logra consolidarse estructuralmente.
Un mercado laboral con alta informalidad revela:
- Rigidez normativa que puede desincentivar la contratación formal.
- Entornos regulatorios cambiantes.
- Inversión privada sensible a la estabilidad macro y política.
- Débil articulación entre política productiva y política laboral.
Cuando la mayoría de los ciudadanos trabaja sin protección formal, la base contributiva del Estado se debilita y se reduce la capacidad de financiar políticas públicas sostenibles sin recurrir a ajustes fiscales o endeudamiento.
En este sentido, el desempleo bajo no debe leerse automáticamente como éxito gubernamental. Lo relevante no es solo cuántos trabajan, sino en qué condiciones lo hacen.
Empleo digno, sostenibilidad fiscal y confianza macroeconómica
Las implicaciones del mercado laboral se proyectan directamente sobre la estabilidad macroeconómica.
Cuando más de la mitad de la fuerza laboral se encuentra en la informalidad, el Estado enfrenta una restricción estructural: una base contributiva reducida. Menor formalización implica menor recaudación, menor financiamiento de la seguridad social y menor dinamismo del consumo formal.
En economías dolarizadas como la ecuatoriana, donde la política monetaria no constituye un instrumento de ajuste, la sostenibilidad fiscal y la confianza macroeconómica dependen en mayor medida de la estabilidad institucional y del dinamismo productivo interno.
Aunque variables como el riesgo país puedan mostrar estabilidad coyuntural, la persistencia de una baja proporción de empleo adecuado constituye un factor de vulnerabilidad de mediano plazo.
Mercado laboral y riesgo país: una relación estructural
El riesgo país refleja cuánto confían los mercados internacionales en la capacidad de un Estado para sostener estabilidad económica y cumplir sus obligaciones financieras.
En Ecuador, sus mayores incrementos han estado asociados a crisis fiscales o políticas. Sin embargo, estos episodios suelen desarrollarse sobre estructuras económicas previamente debilitadas.
Cuando más del 50 % de la fuerza laboral opera en la informalidad y solo un tercio accede a empleo adecuado, la economía funciona con menor base tributaria y menor crecimiento potencial. Esto no provoca automáticamente un aumento del riesgo país, pero sí reduce la capacidad de absorber tensiones fiscales o políticas sin que se deteriore la percepción de estabilidad.
El desempleo bajo, por tanto, no debe interpretarse de forma aislada. Lo determinante no es únicamente cuántas personas trabajan, sino la calidad del empleo y la solidez del tejido productivo que lo sostiene.





