No es naturaleza vs progreso: es atención vs indiferencia

Crecí en una ciudad de cemento: grande, rápida, ruidosa. Una ciudad donde la agenda manda, donde el calor se combate con aire acondicionado, donde el agua llega por una tubería y desaparece por un desagüe, y donde la naturaleza suele quedar reducida a un detalle: un árbol aislado en una vereda, un parque que se visita de vez en cuando, un cielo que se mira poco porque siempre hay prisa. No lo digo con desprecio. Lo digo como quien reconoce una formación. Porque las ciudades, sin pedir permiso, nos educan.

En la ciudad de cemento aprendí que “salir adelante” se parecía mucho a construir, comprar y correr. Aprendí a valorar lo que se mide rápido: el tiempo, el dinero, el rendimiento, el resultado. Y en esa lógica, todo lo que no se traduce inmediatamente en productividad se vuelve secundario. La sombra de un árbol es agradable, sí, pero no siempre se percibe como necesaria. El canto de un ave puede ser bonito, pero también puede volverse “ruido”. Un estero puede estar ahí, pero termina reducido a “eso es por donde pasa el agua sucia”. La vida alrededor se vuelve fondo. Se vuelve paisaje. Se vuelve invisible.

Luego me fui a estudiar a una ciudad de río y selva. Y ahí ocurrió algo que no fue místico ni romántico, pero sí profundo: mi atención cambió. En un entorno donde la lluvia no es solo clima, sino presencia; donde el río no es una línea en un mapa, sino una realidad cotidiana; donde la biodiversidad no es un tema de documentales, sino algo con lo que convives, uno aprende a mirar. No porque alguien lo ordene, sino porque lo vivo está cerca y se hace difícil ignorarlo. Te obliga a reconocer que el mundo no gira solo alrededor de tus pendientes. Te recuerda que todo tiene consecuencias: la basura no desaparece por arte de magia, el ruido altera, el agua no es infinita, y la vida, aunque sea pequeña o incómoda, tiene un lugar.

Ese contraste me llevó a una conclusión que hoy considero esencial para hablar del cuidado ambiental: el problema no es naturaleza versus progreso. Esa es una discusión cómoda, porque suena como si tuviéramos que elegir entre vivir bien o cuidar el planeta. El problema real es atención versus indiferencia. Y la indiferencia no siempre se ve como crueldad; a veces se parece a costumbre. Se parece a normalización. Se parece a repetir “así es la ciudad” o “eso siempre ha estado ahí”.

También entendí algo más: muchas veces confundimos conciencia ambiental con tendencia. Hablamos del ambiente cuando hay campañas, cuando hay fechas importantes, cuando un tema se vuelve viral. Pero el respeto no funciona por temporadas. El respeto es una práctica diaria. Es cómo caminamos, qué compramos, qué botamos, qué ignoramos, qué permitimos. Y esa práctica se construye o se rompe en lo cotidiano.

Ahora bien, decir que en una ciudad de río y selva es “más fácil” mirar lo vivo no significa que allí se cuide automáticamente, ni que la ciudad de cemento esté condenada a ser indiferente. Ese es el punto que no quiero perder: el cuidado ambiental no depende de vivir rodeado de selva. Depende de aprender a ver. Y en una ciudad de cemento también se puede vivir con la naturaleza, siempre que dejemos de tratarla como decoración o como estorbo.

Porque incluso la ciudad de cemento todavía tiene vida. Tal vez no la vemos porque está fragmentada, porque es más discreta, porque rara vez se presenta como “postal”. Pero está. Está en los árboles que dan sombra, amortiguan el calor y sostienen aves e insectos. Está en los parques que no solo “embellecen”, sino que ofrecen respiro físico y mental. Está en los esteros, riberas y humedales urbanos que, aunque maltratados, siguen cumpliendo funciones silenciosas: drenan, filtran, amortiguan, conectan. Está en los animales que sobreviven en los bordes: aves, anfibios, reptiles, pequeños mamíferos, y que a veces son tratados como plaga solo porque no encajan en nuestra idea de ciudad “limpia”.

Y aquí aparece otra brecha que pocas veces se nombra con cuidado: la brecha generacional. No para culpar a nadie, sino para entender cómo se hereda la indiferencia. Hay generaciones que crecieron con la idea de que el progreso era, sobre todo, material: más infraestructura, más expansión, más consumo, más “dominio” sobre el entorno. Esa mentalidad fue, en muchos casos, una respuesta a necesidades reales. Era una forma de sostenerse, de protegerse, de construir oportunidades donde no las había. El problema aparece cuando esa respuesta se vuelve la única manera de mirar el mundo, y termina limitando a quienes vienen después: se transmite la idea de que lo ambiental es un lujo, un capricho, una pérdida de tiempo o una moda juvenil. Se ridiculiza la curiosidad por la naturaleza como si fuera ingenuidad, en lugar de reconocerla como una forma de inteligencia.

Si queremos que las siguientes generaciones vivan de otra manera, no basta con decirles “cuiden el planeta”. Esa frase se queda vacía si crecen en entornos donde todo les enseña lo contrario: botar y reemplazar, consumir y olvidar, acelerar y no mirar. No podemos exigir amor por lo vivo a quienes han sido educados para no verlo.

Por eso, cuando hablo de cuidado ambiental desde mi propia experiencia, no hablo de grandes discursos. Hablo de entrenar la atención. Y la atención se entrena con actos pequeños, sostenidos y concretos. En la ciudad de cemento, vivir con la naturaleza puede empezar por dejar de ver los árboles como mobiliario urbano y empezar a verlos como infraestructura vital. Puede empezar por reducir desechables y preguntarnos, antes de comprar, cuánto de eso se volverá basura en horas. Puede empezar por no normalizar el maltrato animal ni la indiferencia frente a la fauna urbana: no perseguir, no acosar, no alimentar de forma irresponsable, no destruir nidos, no celebrar la crueldad como “broma”. Puede empezar por cuidar el agua como si fuera lo que realmente es: una condición de vida, no un servicio infinito.

Y también puede empezar por recuperar el hábito de observar. Suena menor, pero no lo es. La observación es el primer paso del respeto. Cuando uno empieza a notar que en su cuadra hay aves, que en cierto árbol anidan, que en ciertas épocas cambian, que hay insectos que polinizan, que hay ciclos de lluvia y calor que no son casuales, se vuelve más difícil justificar la destrucción como si no costara nada. La ciudad cambia cuando cambia lo que consideramos normal.

No se trata de idealizar la “vida natural” ni de romantizar la selva. Se trata de dejar de vivir como si estuviéramos separados del entorno. Porque no lo estamos. El aire que respiramos, el agua que usamos, el suelo que pisamos y la biodiversidad que sostiene los ecosistemas forman parte del mismo sistema que sostiene nuestra salud y nuestra calidad de vida. La ciudad de cemento no es un planeta aparte: es un ecosistema intervenido. Y como todo ecosistema, puede deteriorarse o puede cuidarse.

En ese punto, una frase de Jane Goodall me parece motivacional y más exigente: “Lo que haces marca una diferencia, y debes decidir qué tipo de diferencia quieres marcar”. Dicho de forma simple: incluso cuando creemos que no estamos decidiendo nada, ya estamos dejando una huella.

Tal vez el progreso más urgente hoy no se trate de sumar logros visibles, sino de sostener con cuidado lo esencial que ya nos mantiene en pie. Tal vez el verdadero avance es pasar de la indiferencia automática a la atención consciente. Que el tema ambiental no sea una estética ni una tendencia, sino una forma básica de respeto: por lo que vive, por lo que nos rodea y por quienes vienen después.

No sé si soy el único al que le pasó, pero desde que conocí una ciudad de río y selva ya no puedo “no ver” lo que antes ignoraba. Y esa incomodidad, lejos de ser un problema, me parece el inicio de algo más honesto: una conciencia que no depende del lugar donde uno vive, sino de la decisión de mirar de verdad. ¿A alguien más le sucede?

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