En mi comunidad, allá en Dimas López, municipio de Olintla, Puebla, México, territorio donde hablamos totonaco (tutunakú), donde hacemos milpa y cafetales, hay un árbol que ha estado vivo por más de cien años. Es un cedro inmenso, profundo, silencioso, firme. Creció en el monte, a unos 70 metros de mi casa, y es uno de mis maestros más antiguos. Cuando me recuesto en sus raíces y cierro los ojos, escucho el viento moviendo sus hojas como si fuera el mar. Ahí me siento vivo, me siento joven, me siento Ponce tutunakú. Ese árbol me enseñó algo que la vida moderna intenta que olvidemos: que no somos superiores a los árboles ni al río, que la vida del territorio también es una vida que siente, que guarda memoria, que sostiene.
Fotografía propia que me tomé en mi árbol, 2025.
Y este texto que comparto en el marco del Día Mundial del Agua nace desde ahí: desde un cedro centenario y desde el río más presente en mi historia, el río Ajajalpan, que cruza nuestro pequeño mundo en la Sierra Norte de Puebla y nuestras comunidades totonacas. Nace desde mis pasos, desde mis recuerdos, desde lo que escuché de mis abuelos y desde lo que aún veo en mis juventudes hermanas, en los pueblos originarios y en quienes resisten a que la desconexión no nos apague el espíritu.
Mi árbol y mi río: mis primeros maestros
Ese cedro que conozco desde niño no solo me da sombra: me da humildad. Me recuerda que él estaba antes de que yo naciera y probablemente estará cuando ya no esté aquí. Me ha enseñado a servir sin pedir, a estar presente, a recibir la niebla, la lluvia, el atardecer y el frío como parte del mismo ciclo que me sostiene.
El río Ajajalpan, en cambio, me enseñó a caminar con responsabilidad. Desde los cinco o seis años iba con mi garrafón a los manantiales, veía camarones de río, escuchaba historias del agua que corre y se transforma. Ese río me ha visto. Ahora, cuando lo visito, me calmo, lo toco, agradezco y me dejo sentir lo que él me ofrece: tranquilidad, vida, frescura, energía.
Río y árbol: los dos me han devuelto siempre a mí mismo.
El paisaje emocional de mi territorio
Cuando pienso en mi territorio, la primera sensación llega a la boca del estómago, como un calorcito que luego se expande por todo mi cuerpo. A veces camino por el monte y me sorprendo hablando solo, riéndome, bailando. Otras veces me invade una nostalgia profunda, porque el viento trae olores que reconocí desde niño. Ese paisaje emocional me recuerda quién soy y por qué estoy aquí: para cuidar lo que me cuida.
Y también me recuerda que cuando la vida me desborda, ya sea por reuniones, pantallas, problemas, ruido, gente, energías mezcladas, el territorio siempre me devuelve al centro.
A veces pienso: “Si no hubiera venido hoy al monte, a este árbol, al río, mi mente estaría explotando”. Y no exagero.
Mi dolor y mi esperanza
Lo que más me duele es ver morir a la gente adulta de nuestras comunidades. Con cada abuela y abuelo que se va, también se va memoria: la lengua originaria, la vestimenta, la forma de caminar el territorio, la manera de sembrar y agradecer, los saberes que no están en libros. No es su culpa: siempre han querido compartir. Pero el sistema nos ha ido distrayendo, empujando a las juventudes lejos de nuestras raíces.
Me duele ver a jóvenes sentir vergüenza de su lengua, de su vestimenta y de su territorio. Me duele ver la desconexión de los árboles y los ríos. Me duele ver que algunos procesos comunitarios se rompen por intereses personales.
Pero también tengo esperanza. Tengo esperanza porque hay territorios vecinos que siguen fuertes, porque hay niños en escuelas comunitarias aprendiendo su lengua, porque surgen iniciativas hermosas para revitalizar cultura, porque hay gente que cuida árboles, ríos, manantiales. Y porque he conocido juventudes en distintos estados del país que están sembrando desde sus propias trincheras. Creo profundamente que si nos unimos podemos ser un equipo enorme, poderoso y lleno de luz.
La decisión que cambió mi camino como defensor
Mi camino no empezó con un evento grande: empezó con lombrices de tierra viva. Cuando era niño y hacía frío, las guardaba en una botellita para que no murieran ahogadas en diciembre, que eran temporadas de mucho frío y lluvia. Luego vino la milpa: sembrar sin agroquímicos, seleccionar plantas, respetar la vida que crece y estar en contacto con la tierra en mis manos y el cielo despejado con el sol intenso. Vinieron los ríos talados, los manantiales lastimados, las pláticas con los abuelos y las abuelas en tutunakú, las caminatas largas por el territorio y los montes tutunakú. Y más adelante, estudiar ingeniería en desarrollo regional sustentable me dio herramientas para aportar, pero no para imponer. Entendí que el conocimiento científico debe acompañarse del conocimiento comunitario, no reemplazarlo.
Esa combinación (mi infancia, la vida cotidiana, la tierra, la carrera, el caminar comunitario) fue lo que me llevó a seguir este camino de defensor tutunakú.
Escazú y mi papel como joven defensor
Conocí el Acuerdo de Escazú desde la sociedad civil. Era nuevo, pero necesario.
Después encontré compañeras y compañeros que también lo estaban trabajando, y hoy formo parte de iniciativas donde lo impulso con voz joven y desde otros espacios colectivos.
Entendí que en nuestros bosques hay vida, pero también hay riesgos: empresas, proyectos de muerte, intereses que no conocen territorio. Por eso Escazú es herramienta, escudo, abrazo y guía.
Mi papel como joven defensor del territorio es seguir compartiéndolo con paciencia, con claridad y con amor, sobre todo para que quienes vienen detrás de mí no caminen solos.
¿A quién le hablo?
Le hablo a las juventudes de pueblos originarios.
Le hablo a los jóvenes urbanos desconectados del territorio.
Le hablo a quienes tienen poder, a quienes toman decisiones.
Le hablo a defensores, a abuelas, a padres, a niños.
Le hablo al público en general, pero con un mensaje firme para quienes son como yo:
jóvenes de comunidades indígenas que cargan historia, espíritu, memoria y posibilidad.
¿Qué quiero que sientas al terminar de leer esto?
Esperanza, nostalgia y urgencia.
Esperanza porque todavía hay ríos que nos hablan y árboles que nos sostienen.
Nostalgia porque sabemos que algo se está perdiendo, pero aún podemos recuperarlo.
Urgencia porque no tenemos tanto tiempo como creemos.
¿Qué mito quiero romper?
Quiero romper la idea de que para “ser alguien” hay que irse a la ciudad, alejarse del territorio y volver años después con un papel o un trabajo para validar quién eres.
Quiero romper la idea de que la abuela que camina descalza, el abuelo con sombrero, la persona que no usa celular, quien habla la lengua originaria, son inferiores.
Quiero romper la idea de que la modernidad es superior a la comunidad.
Y quiero romper la desconexión que la tecnología, el individualismo y la prisa han creado entre las juventudes y los árboles, los ríos y el trabajo comunitario.
¿Qué me gustaría que haga una persona joven después de leer esto?
Que siembre. Un árbol, una idea, una palabra bonita, un abrazo, una acción colectiva.
Que siembre valores, respeto, esperanza.
Que aprenda de su gente si es de un pueblo originario.
Que hable su lengua.
Que vuelva al territorio.
Que escuche a sus abuelos.
Que defienda algo, aunque sea pequeño.
Que tenga un árbol amigo, un río amigo, un lugar seguro en la naturaleza.
Que sea coherente cuando hable en un micrófono, cuando represente a alguien, cuando cuente una historia.
Que respete los conocimientos de los pueblos y nunca se los robe.
Que recuerde que una acción sin cámara también vale, también transforma.
Y que se sienta parte, no visitante.
Quiero que al terminar este texto recuerdes que no estamos rotos, pero sí en riesgo.
Que el agua tiene memoria. Que los árboles sienten. Que los ríos guardan historias que aún podemos escuchar. Que nuestra cultura todavía respira, aunque a veces con esfuerzo.
Y que si sembramos juntos, desde los pueblos originarios hasta las juventudes urbanas, todavía hay tiempo para proteger lo que nos da vida. Porque defender el territorio no es solo luchar: es permanecer, es recordar, es volver a escuchar, es sembrar, y es honrar lo que también nos cuida.





