Por: Dayana Pozo
La crisis eléctrica que enfrenta Ecuador en los últimos meses ha puesto de manifiesto una problemática que va más allá de la escasez de recursos: la falta de planificación y gestión eficiente en el sector energético. Pese a que el país ha invertido en infraestructuras energéticas en la última década, como la construcción de hidroeléctricas, la interrupción del suministro eléctrico sigue afectando a millones de ciudadanos, golpeando duramente la economía y la calidad de vida.
El problema radica, en gran parte, en la dependencia de fuentes hídricas para generar electricidad, con el fenómeno de El Niño y el cambio climático, las reservas de agua se han visto afectadas, y el sistema no ha podido ajustarse a la demanda creciente, sin embargo, la solución no se encuentra únicamente en mejorar la infraestructura. El Ecuador necesita diversificar su matriz energética, invirtiendo en energías renovables como la solar y la eólica, y crear políticas que garanticen un uso eficiente y sostenible de la energía.
A la par de las deficiencias estructurales, también es evidente que el sistema de distribución y mantenimiento de la red eléctrica está en crisis, los constantes cortes no solo exponen la fragilidad del sistema, sino también la incapacidad de las autoridades para prever y actuar ante contingencias, esto genera incertidumbre en la población y en el sector productivo, afectando la confianza en las instituciones.
Es imperativo que el gobierno, junto con el sector privado y la sociedad civil, trabaje en soluciones integrales. No podemos seguir ignorando las señales de alerta que esta crisis nos está enviando. Ecuador tiene el potencial de convertirse en un referente en energía limpia y sostenible, pero para lograrlo, es necesario un liderazgo decidido y una visión de futuro. De lo contrario, seguiremos viviendo a oscuras.





